Paul Craig Roberts
Los economistas están ciegos
ante la pérdida de industrias y empleos estadounidenses porque creen que estos
resultados reflejan el funcionamiento benéfico del libre comercio. Todo lo que
se pierde –piensan ellos– es sustituido por algo igualmente bueno o mejor. Este
pensamiento tiene su origen en la doctrina de las ventajas comparativas que
expuso el economista David Ricardo en 1817.
Esta doctrina afirma que aunque
un país produzca la mayoría de las cosas a un costo elevado, aún puede tener
ventajas, puesto que produce algunos bienes con un costo relativo menor que el
de sus socios comerciales.
Los economistas de hoy en día no
pueden decir cuáles son las nuevas industrias y ocupaciones que sustituirán a
las que se han perdido, pero están seguros de que esos empleos y sectores están
en alguna parte.
Lo que no se les ocurre es que
ese mismo incentivo que causa la pérdida de un bien o servicio transable
–trabajo extranjero calificado y barato– se aplica a todos los bienes y
servicios transables. No hay ninguna razón para que la industria o el empleo
“sustituto”, en caso de que exista, no se traslade al extranjero como su
predecesor.
Para
que la ventaja comparativa funcione, el trabajo, el capital y la tecnología de
un país no se deben trasladar al extranjero. Esta inmovilidad internacional es
necesaria para impedir que una empresa que busca una ventaja absoluta se vaya
al extranjero. Los índices de costos domésticos que determinan la ventaja
comparativa reflejan la cantidad y la calidad de la tecnología y el capital del
país. Si estos factores se trasladan al extranjero, donde el trabajo barato los
vuelve más productivos, la ventaja absoluta toma la forma de una ventaja comparativa.
Esto es lo erróneo en el debate
actual sobre el outsourcing y la producción en el extranjero. Realmente
no se debate acerca del comercio sino sobre el arbitraje del trabajo. Las
compañías que producen para los mercados estadounidenses están sustituyendo
trabajo estadounidense caro por trabajo barato. Los Estados Unidos pierden
empleos y también el capital y la tecnología que se trasladan para emplear el
trabajo extranjero más barato. Los economistas argumentan que esta pérdida de
capital no produce desempleo sino una reducción de los salarios. El capital
restante se distribuye más extensamente entre los trabajadores, mientras que
los trabajadores extranjeros cuyo país gana el dinero llegan a ser más
productivos y mejor pagos.
Los economistas llaman “fricción
de corto plazo” a este ajuste de tuercas.
Pero cuando la pérdida de empleos deja a las personas con menos ingresos
pero con las mismas hipotecas y las mismas deudas, los movilidad ascendente se
desploma. La distribución del ingreso se torna más polarizada, la base
tributaria se reduce, y la capacidad para mantener la infraestructura, los
programas sociales y los compromisos públicos disminuye. Y este ajuste no es
exactamente de corto plazo. El enorme exceso de oferta de trabajo de la India y
de la China significa que los salarios estadounidenses disminuyen mucho más
rápidamente de lo que aumentan los salarios asiáticos durante largo tiempo.
Hasta hace poco, los países del
Primer Mundo retenían su capital, su trabajo y su tecnología. Había inversión
extranjera, pero funcionaba en forma diferente a la del outsourcing. La
inversión extranjera se limitaba principalmente al Primer Mundo. Su propósito
era evitar los costos de transporte, los aranceles y las cuotas, y así vender
más barato en el mercado exterior. El propósito de la inversión extranjera no
era trasladar la producción al extranjero, con trabajo barato, para destinarla
al mercado doméstico.
Cuando Ricardo desarrolló la
doctrina de las ventajas comparativas, el clima y la geografía eran variables
importantes en la economía. Y era realista suponer que los factores de
producción no tenían movilidad internacional. Puesto que había diferencias
intrínsecas de clima y de geografía, también era realista el supuesto de que
los diferentes países tendrían costos relativos diferentes en la producción de
bienes transables.
Hoy, el conocimiento adquirido
es la base de la mayoría de los bienes y servicios transables, lo que quita
realismo a los supuestos ricardianos.
De hecho, no es claro dónde hay una base para las ventajas comparativas cuando
la producción depende del conocimiento adquirido. Las funciones de producción
contemporáneas funcionan de la misma manera, sin tener en cuenta sus
localizaciones. No hay ninguna razón necesaria para que los costos relativos de
la producción de bienes manufacturados varíen entre un país y otro. Y sin
índices de costos internos diferentes no hay ninguna base para las ventajas
comparativas.
El outsourcing está
regido por las ventajas absolutas. Asia tiene una ventaja absoluta debido a su
enorme exceso de oferta de trabajo calificado y educado. Con capital,
tecnología, y know-how comercial del Primer Mundo este trabajo puede ser
tan productivo como el del Primer Mundo, pero los trabajadores se pueden
contratar por mucho menos dinero. Así, el incentivo capitalista para buscar el
costo más bajo y el mayor beneficio lleva a sustituir trabajo caro por trabajo
barato. India y China están ganando, y el Primer Mundo está perdiendo.
Tomado de Business
Week, 22 de marzo de 2004,
Columnista Invitado. Paul Craig Roberts fue Asistente del Secretario del
Tesoro en el Gobierno de Reagan y columnista de Business Week.
Traducción de Alberto Supelano, asupelan@etb.net.co