La globalización y el mito del libre comercio
Anwar
Shaikh
New School
University
5 de abril
de 2003
Tomado de http://homepage.newschool.edu/~AShaikh/globalizationmyths.pdf
Artículo para la Conferencia sobre La globalización y los mitos del libre comercio, New School University, Nueva York. Traducción de Alberto Supelano.
I.
Introducción
El mundo
hoy está asediado por una pobreza general y una desigualdad persistente.
Algunos países en desarrollo han logrado avanzar pese a estos obstáculos,
muchos otros no han podido y otros han retrocedido (pnud, 2002, cap. 1). ¿Cómo debemos proceder frente a estos
problemas? ¿Qué papel debe cumplir el comercio internacional en todo esto? Es
obvio que el acceso a los recursos internacionales puede ser de gran provecho
para el desarrollo económico. Pero es igualmente evidente que puede causar
muchos “perjuicios colaterales”. ¿Cómo debe proceder entonces una nación para
aprovechar los beneficios potenciales al tiempo que evita los peligros
potenciales?
La
respuesta que hoy predomina en la teoría y la política es la que dio Mike
Moore, anterior Director General de la Organización Mundial de Comercio (omc): “la manera más segura para ayudar
más a los pobres es continuar la apertura comercial” (Agosin y Tussie, 1993
pág. 9). Así los países poderosos presionan al mundo en desarrollo para que libere
totalmente el comercio, sobre la base de que la mejor manera de elevar el nivel
de vida global es la maximización del comercio (Rodrik, 2001, pp. 5,10).
Pero ha
aparecido una creciente oposición a esta agenda. Desde fuera del “Consenso de
Washington” y sus variantes ha surgido un ataque ascendente a sus pretensiones
teóricas y empíricas. Se argumenta que la evidencia empírica no respalda la
relación entre liberalización comercial y crecimiento más rápido. Se concluye
que, por el contrario, casi todas las experiencias exitosas de crecimiento
orientado a las exportaciones han sido el resultado de un comercio selectivo y
de políticas de industrialización. Hasta tal punto que no “hay ejemplos de
países que hayan logrado altas tasas de crecimiento y de exportaciones con las
políticas de liberalización general” (Agosin y Tussie, 1993, pág. 26; Rodrik,
2001, pág. 7). Esto es válido no sólo para la última época sino también para el
pasado lejano, cuando los países que hoy son ricos estaban ascendiendo por la escala
del éxito. Pues recurrieron intensamente a la protección del comercio y a los
subsidios, ignoraron las leyes de patentes y de propiedad intelectual y, en
general, sólo defendieron el libre comercio cuando les daba ventajas
económicas. De hecho, los países ricos mantienen muchas de estas políticas aun
hoy en día (Agosin y Tussie, 1993, pág. 25; Rodrik, 2001, pág. 11).
Esos
sentimientos han comenzado a manifestarse aun en las principales agencias que
impulsan la agenda dominante. La aguda crítica de Joseph Stiglitz a la omc y a las políticas del fmi tiene repercusiones en todo el
mundo (Stiglitz, 2002). Y más recientemente, incluso el mismo fmi ha aceptado a regañadientes que, en
contra de las predicciones optimistas de sus modelos teóricos, el examen sistemático
de la evidencia empírica lleva a la “sobria” conclusión de que “no hay ninguna
prueba empírica de que la globalización financiera haya beneficiado el
crecimiento económico” en los países en desarrollo (fmi, Prasad, Rogoff, Wei y Kose, 2003, pp. 5-6).
De modo
que si la liberalización del comercio global no produce los resultados
teóricos, ¿cual es el problema básico? En este ensayo argumento que la
deficiencia está en la teoría del libre comercio, en el principio de los costos
comparativos en el que se fundamenta. Desde este punto de vista, no es el mundo
real el que es “imperfecto” porque no se conforma a la teoría, sino la teoría
la que es inadecuada para el mundo que pretende explicar. Argumento que, en
realidad, la globalización ha funcionado como se esperaría desde el punto de
vista de lo que llamo teoría clásica de las “ventajas competitivas”. Es decir,
por lo general favorece a los desarrollados frente a los que están en
desarrollo y a los ricos frente a los pobres.
La Sección
II.1 de este artículo muestra el papel fundamental que ha cumplido la teoría de
los costos comparativos en las recientes políticas de liberalización del
comercio y discute los diversos problemas empíricos con que tropieza esta
teoría. La sección II.2 examina las dos principales ramas que surgieron de la
teoría ortodoxa del comercio en reacción a sus debilidades empíricas. La
sección II.3 esboza la teoría clásica de las ventajas competitivas como tercera
alternativa y explora algunas de sus principales implicaciones.
En la
sección III se examina la relación entre la liberalización del comercio y el
registro histórico. La Sección III.1 muestra que los países desarrollados no
siguieron las mismas políticas que hoy proponen, y en muchos casos no las
siguen ni siquiera hoy en día. En la Sección III.2 se argumenta que aun en la
época moderna no hay ningún vínculo convincente entre liberalización del
comercio y desarrollo económico. La Sección IV resume la evidencia histórica y
empírica precedente, y las relaciona con la teoría clásica de las ventajas
competitivas.
II. Los
fundamentos teóricos de la política comercial
1. La
teoría en que se fundamenta la política de liberalización del comercio
La teoría
económica convencional concluye que la liberalización comercial y financiera
llevan a un aumento del comercio, a un crecimiento económico acelerado, a un
cambio tecnológico más rápido y a una asignación de recursos nacionales mucho
mejor, alejada de los substitutos ineficientes de las importaciones y dirigida
a bienes exportables más eficientes. Admite que esos procesos pueden producir
inicialmente efectos negativos, como un mayor desempleo en algunos sectores.
Pero considera que toda consecuencia negativa es estrictamente transitoria y
que se debe remediar con políticas sociales apropiadas hasta que se empiecen a
obtener los beneficios del libre comercio. Desde el punto de vista de la
política, esto significa que el mejor camino al desarrollo económico es el de
abrir el país al mercado mundial: eliminación de la protección al comercio,
apertura de los mercados financieros y privatización de las empresas estatales.
Es
asombroso observar que esta poderosa panoplia de pretensiones se basa realmente
en dos premisas básicas: la premisa de que el libre comercio está regulado por
el principio de los costos comparativos y la premisa de que la libre
competencia lleva al pleno empleo en todos los países.
El
principio de los costos comparativos es tan familiar que ha llegado a ser un
lugar común. A menudo se lo presenta en la forma de la proposición de que una
‘nación’ ganaría siempre con el
comercio si exportara una parte de los bienes que puede producir internamente a
menor costo, en vez de aquellos que puede conseguir a menor costo en el
exterior.
Esto
significa que para que una nación se concentre en la producción y exportación
de bienes menos costos internamente lo que es pertinente son los costos de
producción relativos y no los costos absolutos. En esta presentación
está implícita la pretensión de que el mercado garantizará entonces que las
exportaciones se intercambien por una cantidad equivalente de
importaciones, de modo que el comercio resultará balanceado (Dernburg,
1989, pág. 3).
Pero una
proposición normativa como ésta tiene poco valor a menos que se pueda demostrar
que el libre comercio entre economías de mercado funciona realmente de esa
manera. Después de todo, en el mercado mundial no hay ‘naciones’ que truequen
unos bienes por otros, [1] sino miles de empresas de países diferentes que
compran y venden bienes por dinero, todas con el objetivo de obtener ganancias
de la exportación e importación de una variedad cambiante de mercancías. Por
consiguiente, cuando la teoría del comercio convencional busca parecer más
realista pasa a una segunda etapa del argumento en la que la pretensión
normativa anterior se sustituye por una aseveración positiva bastante
diferente. Y aquí se argumenta que con libre comercio los términos de
intercambio de una nación siempre se modifican de tal manera que los
valores de las exportaciones y las importaciones se igualan eventualmente. Aun
cuando los agentes reales del comercio internacional son una multitud de
empresas que buscan beneficios, se dice que el resultado final es el mismo que
si cada nación intercambiara directamente una cantidad dada de exportaciones
por un valor equivalente de importaciones (Dornbusch, 1988, pág.3). Puesto que
esto es igualmente válido para las economías avanzadas y en desarrollo, ninguna
nación debe temer el comercio porque perciba una falta de competitividad
internacional. Al final, el libre comercio llevará a que todas las naciones
sean igualmente competitivas en el mercado mundial (Arndt y Richardson, 1987,
pág. 12). Observemos que para que esta proposición positiva sea válida es
necesario sostener que los términos de intercambio disminuyen siempre que un
país entra en déficit comercial y también que el déficit comercial se
reduce cuando los términos de intercambio disminuyen. Obviamente, deben ocurrir
movimientos opuestos en el caso de un superávit de la balanza comercial.
Por
último, para completar el argumento ortodoxo de los beneficios del libre
comercio, es necesario suponer también que el pleno empleo es la norma en los
países que tienen mercados competitivos. Sin este supuesto adicional, incluso
un comercio que se equilibre automáticamente, no produciría necesariamente
ganancias del comercio para la nación en su conjunto. Después de todo, ¿quién
diría que el comercio balanceado es una ‘ganancia’ del comercio si ese
resultado se obtiene a costa de pérdidas sostenidas de empleo?
La teoría
de las ventajas comparativas se encuentra aguas arriba de la teoría de
los costos comparativos. Puesto que se las suele confundir, vale la pena
revisar sus diferencias. Ya señalamos que el principio de los costos
comparativos afirma que los términos de intercambio de toda nación se ajustan
automáticamente para equilibrar el comercio internacional. En ese proceso, cada
nación encuentra que sus bienes más baratos, en los que se presume que se debe
especializar, son aquellos en los que tiene los costos relativos más bajos (es
decir, comparativos). Por ejemplo, si se abriera el comercio entre dos naciones
con salarios iguales pero con grandes disparidades en tecnología, la teoría de
los costos comparativos diría que aun cuando una nación fuera absolutamente más
eficiente en la producción de todos los bienes, terminaría, no obstante, con
menores costos internacionales únicamente en aquellos bienes en los que era
relativamente (comparativamente) más avanzada. A la inversa, la nación
absolutamente menos eficiente terminaría con menores costos en aquellos bienes
en los que era comparativamente menos atrasada. Por tanto, la eficiencia
comparativa, y no la absoluta, es la que determinaría en últimas el libre
comercio en este caso. El modelo Hecksher-Ohlin-Samuelson (hos) de ventajas comparativas da
por descontado este principio de los costos comparativos, así como la
noción de que en ambas naciones se obtiene el pleno empleo. Luego se busca
derivar las diferencias de costos comparativos nacionales de las diferencias de
las dotaciones nacionales de factores, con los supuestos usuales de
“competencia perfecta, identidad internacional de las funciones y los factores
de producción, no reversibilidad de la intensidad de los factores, similitud
internacional de preferencias, [y] rendimientos constantes a escala” (Johnson,
1970, pp. 10-11). De ahí surgen dos conclusiones bastante conocidas. Primera,
que dentro de un sistema de libre comercio, las naciones con dotaciones del
factor intensivo en capital tienen menores costos comparativos en los bienes
intensivos en capital. Por tanto, tienen una “ventaja comparativa” en la
producción de esos bienes y tienden a especializarse en ellos. Segunda, que el
comercio internacional por sí mismo, sin necesidad de flujos directos de
trabajo y de capital, tiende a igualar los salarios reales y las tasas de
ganancia entre países (el teorema de la igualación del precio de los factores).
En
síntesis, para el cuerpo de la teoría ortodoxa del comercio son esenciales tres
proposiciones: los términos de intercambio disminuyen cuando una nación contrae
un déficit comercial; la balanza comercial mejora cuando los términos de
intercambio disminuyen, y no hay ninguna pérdida total de empleo a causa de
ninguno de estos ajustes. Se supone que todos estos mecanismos funcionan en un
período suficientemente corto para que sea socialmente relevante. [2]
El
problema es que estas tres pretensiones fundamentales de la teoría ortodoxa del
comercio han sido criticadas exhaustivamente por sus deficiencias teóricas y
empíricas. Las examinaremos en orden inverso porque éste es el orden en el que
son más conocidas.
Empecemos
con la proposición de que el pleno empleo es una consecuencia natural de los
mercados competitivos. La Organización Internacional del Trabajo (oit) informa que al menos la tercera
parte de la fuerza laboral del planeta, tres mil millones de personas, está
desempleada o subempleada (oit,
2001, pág. 1). Aun en el mundo desarrollado, la tasa de desempleo
fluctuó entre el 3% y el 25% en la última década. Las cosas son peores, por
supuesto, en el mundo en desarrollo, donde hay 1,3 mil millones de
personas desempleadas o subempleadas (oit,
2001), muchos de ellas sin perspectivas de un empleo razonable en lo que les
resta de vida. No se necesita mucha reflexión para entender los vínculos entre
el desempleo persistente y la pobreza. En vista de estas realidades es poco
sorprendente que haya un conjunto considerable de analistas que sostienen que
no hay ninguna tendencia automática al pleno empleo incluso en el mundo
avanzado. De hecho, éste ha sido durante mucho tiempo el fundamento del pensamiento
keynesiano y kaleckiano.
Consideremos
la proposición de que una disminución de los términos de intercambio mejora la
balanza comercial, al menos después de un efecto negativo inicial, la llamado
curva J (Isard, 1995, pág. 95). Esta proposición de que el balance comercial
mejora en últimas es el origen del famoso ‘problema de las elasticidades, que
ha sido objeto de gran controversia durante mucho tiempo. [3]
Llegamos
finalmente a la pretensión más importante de todas, a saber, que los términos
de intercambio se modifican automáticamente para eliminar los desequilibrios
comerciales. Como ya se comentó, esta hipótesis requiere que los términos de
intercambio sigan disminuyendo cuando se enfrenta un déficit comercial, y que
sigan aumentando frente a un superávit comercial, hasta que “el comercio se
equilibre de manera que el valor de las exportaciones sea igual al valor de las
importaciones” (Dernburg, 1989, pág. 3). Dicho de otra manera, esto significa
que esta tasa de cambio real particular se ajustará para que todas las naciones
que comercian libremente sean igualmente competitivas, sin importar las
diferencias en sus niveles de desarrollo o de tecnología. En un nivel
empírico, esto lleva a la expectativa de que “en promedio, durante una década o
algo así, los flujos y reflujos de las ventajas competitivas parecerán ser
aleatorios a través del tiempo y entre economías” (Arndt y Richardson, 1987,
pág. 12).
El
problema es que esta proposición nunca ha sido empíricamente verdadera: ni en
el mundo en desarrollo ni en el mundo desarrollado, ni con tasas de cambio
fijas ni con tasas de cambio flexibles. [4]
Por el contrario, los desequilibrios persistentes son el sine qua non
del comercio internacional. Esto no es ninguna sorpresa para quienes están
familiarizados con la historia de los países en desarrollo. Pero es
igualmente cierto para el mundo desarrollado. Por ejemplo, durante la mayor
parte del período de la postguerra, los Estados Unidos han mantenido un déficit
comercial y Japón un superávit comercial (Arndt y Richardson, 1987, pág.12).
Muchos otros países de la ocde
siguen pautas similares.
Puesto que
la teoría de hos descansa en el
supuesto de los costos comparativos, no es sorprendente que también haya tenido
graves dificultades en el nivel empírico (Jonson, 1970, pp. 13-18). Además de
las dificultades empíricas que hereda de la teoría de los costos comparativos,
tiene problemas adicionales: no predice correctamente los patrones de comercio más
de la mitad de las veces, las tecnologías difieren notablemente entre países y
los salarios reales son persistentemente desiguales incluso en los países
desarrollados. Como dice Magee (1980, pág. xiv), “la historia de la teoría del
comercio internacional en la posguerra ha sido la de intentar remendar el
modelo de Ricardo [de costos comparativos] o el de Hecksher-Ohlin para encajar
los hechos tal como los conocemos”. Entre los expertos se reconoce que esta
falla continua de las proposiciones más fundamentales de la teoría estándar del
comercio ha minado la confianza en su estructura general (Arndt y Richardson,
1987, pág. 12).
2.
Reacciones a los problemas de la teoría estándar del comercio
A la luz
de las muchas deficiencias de la teoría estándar surge la pregunta de cuán errónea es la teoría y cómo
debemos corregirla. Hay dos enfoques generales que aquí examinamos. En la
siguiente sección exponemos un tercer enfoque alternativo, al que llamo teoría
clásica de las “ventajas competitivas”.
El primer
tipo de reacción a los problemas de la teoría estándar se centra en el hecho de
que se supone que las predicciones básicas de la teoría de los costos
comparativos o de la Paridad del Poder Adquisitivo (ppa) son válidas en el largo plazo. Por ello, uno de los
remiendos ha sido el de redefinir el “largo plazo” para que sea del orden de 75
o más años (Rogoff, 1996, pág. 647; Froot y Rogoff, 1995, pp. 1657, 1662).
La expresiva frase de Keynes viene rápidamente a la mente a este respecto.
Pero, en todo caso, esto aún nos deja con el problema de explicar qué pasa
antes de eso. Y aquí la tendencia ha siso la de desplazar el enfoque a una
multitud de modelos de corto plazo (el de equilibrio del portafolio, por ejemplo)
(Harvey, 1996; Stein, 1995; Isard, 1995). Pero incluso aquí, la “evaluación
de... [estos] modelos contemporáneos... muestra por qué los economistas se han
decepcionado de su capacidad para explicar cómo se determinan las tasas de
cambio y los flujos de capital” (Stein, 1995, pág.182). Los problemas de la
teoría estándar han llegado a ser tan agudos que “los economistas neoclásicos
han expresado una creciente frustración por su incapacidad para explicar los
movimientos de la tasa de cambio... Pese a que éste es uno de los campos mejor
investigados en la disciplina, ni un solo modelo o teoría ha pasado la prueba.
Los resultados han sido tan melancólicos que los economistas de la corriente
predominante admiten prontamente su fracaso” (Harvey, 1996, pág. 567). No
obstante, “la noción de ventajas comparativas sigue predominando en el
pensamiento de los economistas” (Milberg, 1994, pág. 224). Peor aún, estos
mismos modelos fallidos “se siguen ofreciendo como explicación dominante de...
la determinación de la tasa de cambio [aunque] la mayoría de los estudiosos es
consciente de las deficiencias de estos modelos” (Stein, op. cit., pág. 185). Y
lo peor de todo, estos mismos modelos siguen teniendo la mayor influencia en la
política económica, porque apuntalan las políticas actuales del fmi y del Banco Mundial (Frenkel y Kan,
1993).
La segunda
gran reacción a los problemas empíricos de la teoría estándar ha sido la de
modificar uno o más supuestos relacionados con la competencia perfecta, la
movilidad de factores y los rendimientos a escala. Este enfoque de la Nueva
Teoría del Comercio supone que la debilidad crucial de la teoría estándar
consiste en que la competencia real –de hecho, el mismo mundo real– es
“imperfecta”. Se sitúa, por tanto, dentro de la problemática de la “competencia
imperfecta”, y busca llenar la brecha entre la teoría y la evidencia empírica
incorporando el oligopolio, los rendimientos crecientes a escala y diversos
factores estratégicos en el análisis estándar (Milberg, 1993, pág.1). La Nueva
Teoría del Comercio comparte la visión estándar de que la apertura del comercio
es por lo general buena, pero admite que no siempre lo es. Por consiguiente, el
enfoque se traslada a identificar las condiciones particulares en las que el
comercio puede producir ganancias reales y actuar como motor del crecimiento.
La tarea es explicar por qué, en contraste con la teoría estándar, “la mayor
parte del comercio se presentó entre países con similares dotaciones de
recursos; por qué tenía una carácter intraindustrial; por qué se efectuó ante
todo en bienes intermedios y no en bienes finales, en presencia [aparentemente]
de condiciones monopólicas de mercado; y por qué se llevó a cabo sin una
reasignación de recursos ni unos efectos de distribución del ingreso significativos”
(pnud, 2003, Cap. II). Para
explicar estos fenómenos se introducen los rendimientos crecientes a escala y
la competencia imperfecta en el marco hos.
[5]
Esto permite que lo principal de las ventajas comparativas sea consistente con
la especialización en bienes a cambio de la especialización en industrias
completas. Los países podrían terminar entonces exportando un tipo particular
de automóviles e importar otro tipo de automóviles, de modo que su comercio
internacional sería intraindustrial. En forma similar, las economías de escala
de un mercado más amplio pueden contradecir la predicción de hos de que el libre comercio iguala los
precios internacionales de los factores (salarios reales y tasas de ganancias).
Además, la composición del comercio, en contraste con su volumen, llega a ser
más importante puesto que puede tener efectos significativos tales como el
diferencial de las elasticidades de demanda (la tesis de Prebisch-Singer) [6]
o el diferencial de transferencias de tecnología. Por último, las diferencias
de conocimientos (que incluyen a la tecnología) también modifican los
resultados estándar. Una vez que la noción de “dotación de factores” se
extiende para incluir el conocimiento humano acumulado o institucionalizado, se
modifican los patrones de ventajas comparativas, los beneficios del comercio y
las tasas internacionales de crecimiento (Romer, 1987; Lucas, 1993). Todo esto
da lugar a un conjunto de posibles excepciones a los resultados estándar, que a
su vez da espacio (limitado) a la intervención del Estado en ciertos sectores
estratégicos y en ciertas actividades estratégicas como la de investigación y
desarrollo (pnud, 2003, Cap. II).
Pero “los modelos involucrados en la nueva teoría del comercio, aun con pocos
factores, son muy complicados desde el punto de vista de sus resultados
–potencialmente generan equilibrios múltiples y patrones complejos de ajuste
a/o alrededor de ellos” (Deraniyagala y Multa, 2000, pág. 11) y, al final, la
teoría ofrece “pocas conclusiones inequívocas” (ibid, pág. 4).
3. La
teoría clásica de las ‘ventajas competitivas’
Ya vimos
que los problemas de la teoría estándar del comercio produjeron dos tipos
básicos de reacciones. El primero consiste en argumentar que las proposiciones
estándar de largo plazo, como el comercio balanceado o la ppa, sólo son válidas para períodos de
75 o más años. El centro de la atención se desplaza entonces a los modelos de
“corto plazo”, de los que hay una gran variedad. La segunda reacción, por su
parte, consiste en argumentar que el mundo real falla para ajustarse al modelo
estándar. Esto lleva, a su vez, a introducir diversas “imperfecciones” del
mundo real en la teoría estándar.
Uno de los
propósitos de este artículo es el de argumentar que el problema fundamental de
la teoría estándar es que es errónea en sus propios términos. Es decir,
defectuosa desde su propia raíz para el análisis del libre comercio competitivo
entre naciones: el principio de los costos comparativos es erróneo incluso en
condiciones competitivas. [7] El argumento alternativo, al que llamo teoría clásica de las “ventajas
competitivas”, rechaza del todo a la teoría estándar. [8] En suma, el
argumento es que los precios relativos de los bienes internacionales y, por
tanto, los términos de intercambio de una nación, se regulan de la misma manera
que los precios relativos nacionales. En ambos casos, los productores que
tienen costos altos pierden con los que tienen costos bajos, y las regiones
(naciones) que tienen costos altos tienden a sufrir déficit comerciales que
tienden a ser cubiertos mediante entradas de capital correspondientes
(subsidios y préstamos). A diferencia
de la teoría de los costos comparativos, no hay mecanismos mágicos que
igualen automáticamente a todas las regiones (naciones). De hecho, los
desequilibrios comerciales persistentes cubiertos por entradas de capital
extranjero son el complemento “normal” del comercio internacional entre socios
comerciales competitivos. El libre comercio no lleva entonces a que todas las
naciones sean igualmente competitivas, como se argumenta en la teoría estándar
del comercio. Por el contrario, expone a los débiles a la competencia de los
fuertes. Y como sucede en la mayoría de esos casos, los últimos devoran a los
primeros (Shaikh, 1996, 1980; Milberg, 1993, 1994).
El punto
de partida del enfoque clásico de las ventajas competitivas es la teoría
clásica de la competencia. Pero ésta es muy diferente de la teoría convencional
de la competencia “perfecta”. En la tradición clásica, competencia significa
competencia real, en el sentido de competencia entre empresas. Las
empresas utilizan estrategias y tácticas para mantener la participación de
mercado, y el recorte de precios y las reducciones de costos son una
característica importante de esta lucha constante (Shaikh, 1980).
En segundo
lugar, el enfoque clásico argumenta que esta competencia real regula el
comercio entre naciones y funciona de la misma manera que cuando regula
el comercio dentro una nación. Con respecto a esta última, un tema
central de la teoría clásica era que la competencia dentro de un país estaba
regida por la ley de los costos absolutos, es decir, las empresas que
tienen costos unitarios de producción más altos sufren una desventaja
competitiva absoluta. Desde este punto de vista, si las empresas de las
regiones de altos costos de cualquier un país se exponen a la competencia
tienden a sufrir reducciones de la participación en el mercado nacional. Sus
mayores costos hacen difícil que vendan fuera de la región (“exportaciones”) y
llevan a que sus mercados sean vulnerables a los productos originados en las
regiones de bajos costos (“importaciones”). En otras palabras, con libre
intercambio doméstico, las regiones con costos más altos tienden a tener
déficit de “balanza comercial”. Esos déficit tienen que ser financiados, bien
sea gastando reservas monetarias o atrayendo otros fondos para cubrir sus
necesidades de importación. Esto implica, a su vez, que si esas regiones
comerciaran con otras más competitivas del mismo país, tenderían a experimentar
pérdidas de empleos y disminuciones de los salarios reales, al menos hasta que
se pusieran a la par o sus trabajadores emigraran a otra parte.
El paso
final del enfoque clásico es extender estos resultados de la competencia real
al caso del libre comercio entre naciones. Puesto que los términos de
intercambio internacionales de una nación son simplemente los precios relativos
en la moneda internacional común, se regulan de la misma manera que cualquier
precio relativo: mediante los costos relativos reales. Sin embargo, los
términos de intercambio no son entonces libres de ajustarse para eliminar
automáticamente los desequilibrios comerciales a menos que también los sean los
costos reales. Esto último depende de los salarios reales y de la
productividad, y aunque el comercio internacional los afecta, también tienen
muchos otros determinantes sociales e históricos. [9]
Se sigue que con un comercio sin obstáculos, los países que tienen desventajas
competitivas en el mercado mundial tienden a experimentar déficit comerciales. [10]
Estos se deben cubrir mediante deuda externa o subsidios. En este marco es
fácil explicar el ciclo familiar de déficit comerciales persistentes,
devaluaciones periódicas e ineficaces de la tasa de cambio y eventuales crisis
de la deuda (Shaihk, 1999, 1996). [11]
Se derivan
tres importantes corolarios. Primero, la liberalización del comercio beneficia
principalmente a las empresas de los países desarrollados, puesto que son las
más avanzadas tecnológicamente. Sin tiempo suficiente para prepararse para este
desafío, el mundo en desarrollo retrocede a proporcionar acceso extranjero a
trabajo barato y a recursos naturales baratos. En este proceso nada promete que
se alcance automáticamente el desarrollo ni la reducción de la pobreza. Por el
contrario, es probable que las importaciones baratas y la inversión directa
extranjera intensiva en capital desplacen más empleos de los que crean y, con
ello, que intensifiquen la pobreza. Segundo, ahora es fácil encontrar sentido a
la estrategia industrial que siguieron los países occidentales, así como
a la que después siguieron el Japón, Corea del Sur y los Tigres Asiáticos,
cuando ascendían por la escala. Vemos que en ambos conjuntos de casos, la
protección del comercio y el apoyo del Estado a la industria cumplieron un
papel central –ese papel que se prohíbe mediante las normas actuales de la omc, el fmi y el Banco Mundial. Cabe señalar que el enfoque clásico
deja mucho más espacio a la regulación gubernamental del comercio y a la
política industrial que la Nueva Teoría del Comercio, puesto que deja de ser
una cuestión de manejo de casos particulares en los que el libre comercio no
hace lo que debería. Por el contrario, en el enfoque clásico, lo que se ve es
lo que se consigue: el libre comercio hace lo que se supone que haga, a saber, premia
a los fuertes. A la inversa, si el objetivo es realmente el desarrollo, el
comercio es simplemente uno de muchos medios para conseguirlo, no el fin en sí
mismo.
En
síntesis, hay tres tipos básicos de respuestas a las fallas de la teoría
estándar. El enfoque tradicional –que se mantiene en el marco estándar–
mantiene la fe en las virtudes del libre comercio, pero concede que se puede
tardar 75 o más años para que funcione. El enfoque de las imperfecciones, que
argumenta que el libre comercio no siempre funciona como ‘debería’ debido a los
efectos de la competencia imperfecta, las economías de escala y una
distribución desigual de las capacidades, el conocimiento y las instituciones
entre países. Y el enfoque clásico de las ventajas competitivas, que argumenta
que el libre comercio sí funciona como debería –beneficiar a las empresas
avanzadas y a los países avanzados. Los tres enfoques dejan espacio a la
intervención del gobierno, un poco el primero, algo más el segundo, y quizá en
alto grado el tercero (como en el ascenso histórico de Inglaterra y de los
Estados Unidos, y en el ascenso posterior del Japón y Corea del Sur).
En lo que
sigue, nos ocupamos de las prácticas reales del comercio internacional. La
siguiente sección se ocupa del papel del libre comercio (de su ausencia) en el
ascenso histórico de los países occidentales, y del posterior ascenso de Japón,
Corea del Sur y los Tigres Asiáticos. En la sección subsiguiente nos ocupamos
de la historia más reciente de los efectos de la liberalización del comercio en
los países en desarrollo. Se argumentará que, en ambos casos, los resultados
reales son perfectamente consistentes con la teoría clásica de las ventajas
competitivas. Esto arrojará una luz diferente sobre las políticas reales que
siguen los países poderosos en una época dada.
III. La
liberalización comercial y el registro histórico
1. El
papel de comercio administrado en el ascenso del mundo avanzado
Los países
ricos están impulsando a los países en desarrollo a que adopten políticas de liberalización
del comercio y de la inversión extranjera, y fuertes leyes de propiedad
intelectual y patentes. Es provechoso señalar, entonces, que ellos evitaron asiduamente
dichas políticas cuando estaban ascendiendo por la escala del éxito (Chang,
2002).
Por
ejemplo, Gran Bretaña y los Estados Unidos dependieron fuertemente de la
protección del comercio y de los subsidios para su propio proceso de
desarrollo. En una época tan temprana como los siglos xiv y xv, Gran
Bretaña promovió su industria principal, la manufactura de productos de lana,
gravando las exportaciones de lana cruda a sus competidores y tratando de
atraer a sus trabajadores. En el cenit de su desarrollo, desde comienzos del
siglo xvii hasta mediados del
siglo xviii, utilizó políticas
comerciales e industriales similares a las que luego utilizó el Japón en los
siglos xix y xx, y Corea en el período posterior a
la Segunda Guerra Mundial. Gran Bretaña empezó a defender el libre comercio
sólo cuando era ya el líder del mundo desarrollado. Esta defensa no desorientó
a sus rivales, como Alemania y los Estados Unidos (Chang, 2002). Destacados
pensadores de esos países defendieron en cambio la protección de las industrias
nacientes. En efecto, aun cuando Gran Bretaña predicaba el libre comercio después
de 1860, la economía de los Estados Unidos “era, literalmente, la economía más
protegida del mundo”, y siguió siéndolo hasta finales de la Segunda Guerra
Mundial. Al obrar así, “los norteamericanos sabían exactamente de qué se
trataba el juego. Sabían que Gran Bretaña alcanzó la cúspide mediante la
protección y los subsidios y, por tanto, que necesitaban hacer lo mismo si
querían llegar a alguna parte… Criticando la prédica británica del libre
comercio a su país, Ulysses Grant, héroe de la Guerra Civil y Presidente de los
Estados Unidos entre 1868-1876, replicó que ‘dentro de 200 años, cuando América
haya obtenido de la protección todo lo que ésta puede ofrecer, también adoptará
el libre comercio’”. Y esto fue, en efecto, exactamente lo que sucedió.
Se pueden
contar historias similares de proteccionismo e intervención del Estado en la
mayoría del resto del mundo desarrollado, incluida Alemania, Suecia, Japón y
Corea Sur. Incluso países como los Países Bajos y Suiza, que adoptaron el libre
comercio a finales del siglo xviii
lo hicieron porque ya eran competidores importantes en el mercado mundial y,
por tanto, se lo podían permitir. Pero aun aquí, “los Países Bajos desplegaron
un rango impresionante de medidas intervencionistas hasta el siglo xvii para conseguir su supremacía
marítima y comercial… y Suiza y los Países Bajos se negaron a introducir una
ley de patentes, a pesar de la presión internacional, hasta 1907 y 1912,
respectivamente [de modo que fueron libres de apropiarse] de las tecnologías
del extranjero” (Chang, 2002, pág. 2).
Pero esta
historia anterior de globalización no es simplemente un asunto de
proteccionismo y apoyo del Estado como medio para el desarrollo en Occidente.
Hay también asuntos de colonización, fuerza, saqueo, esclavitud, matanza masiva
de pueblos nativos y destrucción deliberada de los medios de sustento de los
competidores potenciales (Compañía de las Indias Orientales...). “La
globalización se vendió a muchos ‘a punta de armas’ y muchos fueron
‘globalizados’ literalmente a puntapiés y alaridos” (Milanovic, 2002, pp. 5-6).
La diplomacia de las cañoneras de Occidente fue esencial en su tratamiento del
Japón, Túnez, Egipto, Zanzíbar y China, entre otros. Millones sufrieron la
esclavitud y la semiesclavitud en plantaciones alrededor de todo el mundo.
Según estimaciones conservadoras recientes, entre 1865 y 1930 la “Compañía
Holandesa de las Indias Orientales… saqueó… entre el 7.4 y el 10.3 por ciento
anual del ingreso nacional de Indonesia” (ibid, pág. 6).
Se pueden
mencionar muchos otros ejemplos de tales acontecimientos. Lo que es
impresionante es que el impacto acumulativo no sólo llevó a una acentuación de
la desigualdad entre naciones (Tabla 1), sino también a la desindustrialización
temprana del Tercer Mundo frente a la industrialización del Primer Mundo.
Tabla 1:
La brecha ascendente entre países ricos y pobres
Año Relación entre el pib per cápita de los países ricos y el
de los países pobres
1820 3
a 1
1913 11
a 1
1950 35
a 1
1973 44
a 1
1992 72
a 1
Fuente:
UNDP, Human Development Report, 1999, p. 38.
Tabla 2.
Nivel de industrialización (producto manufacturero per cápita), 1800-1913
(RU
1900=100)
1800 1830 1860 1880 1900 1913
Total
países desarrollados 8 11 16 24 35 55
Total
Tercer Mundo 6 6 4 3 2 2
Reino
Unido 16 25 64 87 100 115
Estados
Unidos 9 14 21 38 69 126
Fuente: Bairoch 1977, volumen 1, p. 404, reproducido en Milanovic 2002, p. 12.
Esto nos
lleva a tres conclusiones básicas. Primera, que durante su proceso de
desarrollo los países ricos dependieron fuertemente de la protección del
comercio y de los subsidios, que por lo general no observaron las leyes de
patentes ni los llamados derechos de propiedad intelectual y que sólo
defendieron el libre comercio cuando les reportaba ventajas económicas. Desde
este punto de vista, estos países hoy impulsan al mundo en desarrollo para que
adopte las políticas que ellos evitaron. Segunda, que las políticas de los
países ricos no sólo incluyeron el proteccionismo y la intervención del Estado,
sino también una política de colonización, saqueo, esclavitud y
desindustrialización deliberada del Tercer Mundo. Y, tercera, que la
globalización histórica del capitalismo estuvo acompañada de una desigualdad
internacional secularmente ascendente.
¿Cómo se
puede interpretar esta historia? Es claro que aun cuando la teoría económica
académica proclamaba los beneficios universales del libre comercio, los países
avanzados no seguían sus reglas. ¿Debemos decir que quienes decidían la política
carecían de confianza para esperar tres cuartos de siglo o más para que la
teoría funcionara? ¿O debemos decir que el mundo siempre estuvo asediado por
imperfecciones que negaban las proposiciones estándar, al menos en la práctica?
Yo argumentaría que ninguna de estas lecturas es adecuada y ni siquiera
necesaria. Por el contrario, si el libre comercio beneficia a los fuertes, es
totalmente comprensible que fuera defendido en teoría por los fuertes y
rechazado en la práctica por los que estaban ascendiendo.
Pero
quizás todo esto sólo sea cosa del pasado. ¿Podemos argumentar que la historia
más reciente de la liberalización del comercio en los países en desarrollo
cuenta una historia diferente?
2. La
liberalización comercial en los últimos tiempos
El impulso
a la liberalización general del comercio se apoya en la afirmación de que la
maximización del libre comercio es la mejor manera de elevar el nivel de vida
global (Rodrik, 2001, pp. 5,10): “la mejor protección es que no haya ninguna
protección y que todas las decisiones económicas queden en manos del mercado”
(Agosin y Tussie, 1993, pág. 25). Esto significa reducir las barreras
arancelarias y no arancelarias, y reducir o eliminar los subsidios; suscribir
las normas de la omc sobre
derechos de propiedad intelectual, procedimientos aduaneros, normas sanitarias,
tratamiento de los inversionistas extranjeros; y emprender diversas reformas
tributarias, reformas del mercado de trabajo y reformas de política encaminadas
a dar ayuda social a los trabajadores desplazados y apoyo tecnológico a las
empresas desplazadas (Rodrik, 2001, pág. 24).
Todos esto
se fundamenta en dos conjuntos de supuestos. Primero, que el objetivo de la omc es aumentar el bienestar de los
consumidores mediante la expansión del comercio. Y, segundo, que la expansión
del comercio reducirá la pobreza y elevará el nivel general de vida en los
países en desarrollo.
En cuanto
a la omc, es importante entender
que, en realidad, “es una institución
para que los países negocien el acceso al mercado”, no para reducir la pobreza.
En efecto, su agenda real se “planeó en respuesta a una contienda entre
exportadores y corporaciones multinacionales de los países industriales
avanzados (que tomaron la iniciativa), por una parte, y los grupos de interés que
competían con la importaciones (por lo general, pero no exclusivamente, los
trabajadores), por la otra. En este contexto, la omc se puede entender mejor como el producto de un intenso
cabildeo de grupos específicos de exportadores de los Estados Unidos o de
Europa, o de compromisos específicos entre estos grupos y otros grupos
nacionales” (Rodrik, 2001, pág. 34).
En cuanto
a la liberalización del comercio como la vía para incrementar la riqueza, ya vimos
que esta prescripción no fue atendida por los países ricos en sus propios
procesos de desarrollo, y en muchos aspectos tampoco la atienden hoy en día
(Agosin y Tussie, 1993, pág. 25; Rodrik 2001, pág. 11).
Desde esta
perspectiva, no debería sorprender que incluso en los últimos tiempos la
evidencia empírica no apoye la pretensión de que la liberalización del comercio
o la neutralidad de incentivos lleva a un crecimiento más rápido. Es verdad que
unas mayores tasas de crecimiento industrial normalmente estuvieron asociadas
con unas mayores tasas de crecimiento de las exportaciones (sobre todo en los
países donde aumentaron los porcentajes de las exportaciones y las
importaciones con respecto al pib),
pero no hay ninguna relación estadística entre ninguna de estas tasas de
crecimiento y el nivel de restricciones al comercio. En cambio, casi todo el
crecimiento orientado a las exportaciones que ha tenido buenos resultados ha
ido acompañado de un comercio selectivo y de políticas de industrialización. A este
respecto, la estabilidad de las tasas de cambio y de los niveles de precios
nacionales parecen ser mucho más importantes que la política de importaciones
para que el crecimiento orientado a las exportaciones tenga éxito (Agosin y
Tussie, 1993, pp. 26, 30, 31). A la inversa, no “hay ningún ejemplo de países
que hayan logrado altas tasas de crecimiento de la producción y de las
exportaciones siguiendo políticas de liberalización general” (Agosin y Tussie,
1993, pág. 26; Rodrik 2001, pág. 7). De hecho, la liberalización financiera
“deja la tasa de cambio real a merced de movimientos de capital muy volubles en
el corto plazo”, de modo que “incluso cambios pequeños en la dirección del
comercio y los flujos de capital pueden producir grandes oscilaciones en las
tasas de cambio reales”. También ata la tasa de interés doméstica a la de los
mercados internacionales de capital, lo que hace difícil que se tenga una tasa
menor para las políticas industriales selectivas de desarrollo (op. cit.,
pág. 23).
Japón,
Corea del Sur y Taiwán son los casos clásicos de desarrollo exitoso mediante la
aplicación de “políticas de comercio altamente selectivas”. Por otra parte,
Chile (1974-79), México (1985-1988) y Argentina (1991) siguieron una
liberalización total que no sólo aniquiló a los sectores débiles sino también a
los potencialmente fuertes, a menudo con un gran costo social durante un largo
período de tiempo. La economía chilena creció a menos del 1% per cápita entre
1973 y 1989. México sufrió retrocesos y caídas similares. Y Argentina, a la que
se elogió como un buen ‘globalizador’ hasta 2002 (Banco Mundial, 2002, pág. 35,
citado en Milanovic 2002, pág. 30, nota de pie de página 29), está ahora
empantanada en una crisis profunda. (Agosin y Tussie, 1993, pp. 26-27).
Lo que es
verdad es que el crecimiento económico está correlacionado con la reducción
de la pobreza. En países donde la distribución del ingreso es estable, el
crecimiento beneficia a los pobres. Pero como la distribución del ingreso no
suele ser estable en el mundo en desarrollo, el crecimiento no lleva
necesariamente a la reducción de la pobreza. Y en el otro extremo, la reducción
de la pobreza por lo general es buena para el crecimiento. De modo que una alta
correlación entre crecimiento y reducción de pobreza no nos dice nada de la
causalidad, y no garantiza que el primero lleve a la segunda (Rodrik 2001, pp.
12).
IV.
Historia y política desde la perspectiva de la teoría de las ventajas
competitivas
¿Cómo
interpretamos entonces la evidencia empírica de que la liberalización del
comercio no produce automáticamente el crecimiento y que el crecimiento no
reduce automáticamente la pobreza?
La última
respuesta oficial de los países ricos ha sido la de decir que el problema no
reside en la teoría básica sino en la falta de instituciones adecuadas en el
mundo en desarrollo (Rodrik 2001, pp. 5, 9, 10). Desde el punto de vista de
este Consenso de Washington ‘aumentado’, la integración exitosa al mercado
mundial exige que el mundo en desarrollo emprenda reformas adicionales que
“incluyan la regulación financiera y la vigilancia prudencial, estructuras de
ejercicio de la autoridad y lucha contra la corrupción, reformas legal y
administrativa, ‘flexibilidad’ del mercado de trabajo y redes de seguridad
social”. Se supone que, a cambio, el mundo desarrollado proporciona mayor
acceso a sus propios mercados. Como siempre, estas reformas están orientadas al
objetivo de fortalecer la integración de los países de desarrollo a la economía
mundial, sobre la premisa de que el libre comercio se encarga de lo demás (op.
cit., pp. 14-15).
Es una
buena cosa que el Consenso de Washington haya empezado a entender la
importancia de las instituciones. Es claro que las instituciones importan. La
pregunta es, ¿son éstas las instituciones y políticas que importan? ¿Es
realmente cierto que llevarán a que el libre comercio tenga éxito dónde ha
fallado hasta ahora?
Una manera
de abordar estas preguntas consiste en remontarse a la historia del mundo
desarrollado. Ya comentamos que ésta es una historia de proteccionismo e
intervención del Estado, no de libre comercio ni de laissez-faire. Pero
también conviene señalar que las instituciones que hoy se impulsan en el mundo
en desarrollo no existían en los países ricos durante su propio ascenso. Por ejemplo,
en 1820, cuando el Reino Unido era más desarrollado que la India actual, “no
tenía muchas de la instituciones “básicas” que la India tiene hoy en día. No
tenía sufragio universal (ni siquiera tenía sufragio masculino universal),
banco central, impuesto de renta, obligación limitada general, ley de
bancarrotas general, burocracia profesional, regulaciones de compra venta de
títulos eficaces y ni siquiera regulaciones mínimas del trabajo (excepto un par
de regulaciones mínimas, que no se hacían cumplir, sobre el trabajo infantil)”.
El primer banco realmente central, el Banco de Inglaterra, entró en escena en
1844, mucho después de que Inglaterra fuera una potencia económica. Los Estados
Unidos sólo lo establecieron en 1913. Y en cuanto a las leyes patentes, “Suiza
y los Países Bajos se negaron a introducir una ley de patentes, pese a la
presión internacional, hasta 1907 y 1912 respectivamente, así ‘robaron
libremente las tecnologías del extranjero”. Y así vemos una vez más que los
países ricos están impulsando una agenda que jamás siguieron: en forma general,
ni las políticas de liberalización del comercio ni sus extensiones
institucionales asociadas fueron centrales para su propio desarrollo.
Pero este
asunto cobra una apariencia diferente cuando se lo interpreta a la luz de la
teoría clásica de las ventajas competitivas. Las instituciones son importantes,
pero más aun importante es la tecnología avanzada y la finanzas a gran escala.
Y es aquí donde los países desarrollados de esta época poseen la mayor ventaja.
La apertura de los mercados de un país en desarrollo simplemente expone sus
empresas a una poderosa competencia internacional, sean o no internacionalmente
competitivas. Y si no lo son, perderán a gran escala. Esto se puede compensar
en alguna magnitud mediante la inversión extranjera que es atraída por los
recursos naturales o por los bajos salarios. Pero aun aquí, el desempleo creado
por las industrias domésticas desplazadas no necesariamente es absorbido por la
nueva producción de las empresas extranjeras, puesto que por lo general es
mucho menos intensiva en trabajo. Algunos países, por ejemplo, algunos
productores de petróleo, pueden ser bastante afortunados por tener un ingreso
por exportaciones suficientemente alto para compensar estos efectos. Pero en el
mecanismo de mercado per se no hay nada que lo garantice, y es más
probable que el libre comercio y los flujos de capital irrestrictos dejen a las
naciones en desarrollo con déficit, deudas, desempleo y subdesarrollo. Sin la
intervención de instituciones apropiadas que contrarresten estas
tendencias del libre comercio, los problemas tenderán a ser crónicos. Desde
este punto de vista, tiene sentido la elusión histórica del libre comercio por
los países ricos cuando estaban en desarrollo, así como su insistencia actual
en él ahora que ascendieron en la escala.
A la
inversa, si la liberalización del comercio no es una panacea, ¿cómo deben
proceder los países en desarrollo? Si el objetivo es reducir la pobreza y
elevar el nivel general de vida en el mundo en desarrollo, hacia allí se debe
enfocar la capacidad de estrategia económica (Rodrik 2001, pág. 13). Pero en lo
que concierne a la política comercial, la historia y “la teoría de las ventajas
competitivas” indican que el procedimiento más apropiado sería el de considerar
la liberalización del comercio de manera selectiva, a medida que las industrias
particulares lleguen a ser suficientemente competitivas en el mercado mundial.
Para lograr esto se requerirá un gran impulso social, además de reglas claras y
plazos para cumplir los estándares del mercado mundial (Agosin y Tussie, 1993,
pp. 25, 28). Por supuesto, nada de esto será posible sin un cambio importante
en las actuales reglas de la omc
y de las condiciones internacionales ligadas a la ayuda financiera. El
desarrollo debe retornar al centro del escenario, y considerar una amplia gama
de instituciones y prácticas como alternativas (Rodrik 2001). En último
análisis, “el comercio es un medio para lograr un fin, no un fin en sí mismo”
(Rodrik 2001, pág. 29).
Éste ha
sido durante mucho tiempo el enfoque de la oposición al Consenso de Washington
y es, justamente, el camino correcto. Pero, en mi opinión, debe liberarse de su
dependencia residual de la teoría estándar del comercio y de todas sus trampas.
[1] Asombra cuán
fácilmente los escritores que suelen ser escépticos pasan de la idea de cómo
funciona realmente el comercio a cómo debería funcionar. Un ejemplo estándar de
esta tendencia es la presentación de Magee (1980, cap. 2) de un ejemplo
ricardiano de ventajas absolutas iniciales, en el que cada país produce dos
artículos y uno de ellos (los Estados Unidos) puede producir ambos más baratos
que el otro (Canadá). El mismo Ricardo señala que en este caso el país más
eficiente tendría inicialmente un excedente en la balanza comercial y el menos
eficiente un déficit de balanza comercial. Debido a que los consumidores canadienses
ganan comprando los productos estadounidenses más baratos, y las empresas
estadounidenses americanas ganan exportándolos. Ricardo luego afirma que
los desequilibrios comerciales modifican la tasa de cambio real de tal manera
que los precios extranjeros de los bienes norteamericanos aumentan y los precios
extranjeros de los bienes canadienses disminuyen, hasta que en algún punto las
dos naciones tienen una ventaja de costos en un bien. Las motivaciones de los
consumidores y las empresas se mantienen en el proceso, pero la ventaja
absoluta de costos de los Estados Unidos y la desventaja de costos absoluta
correspondiente del Canadá se transforman en ventajas comparativas de costos
para ambos, de modo que eventualmente se equilibra su balanza comercial. Magee
pasa por alto todo esto, y simplemente afirma que “una de las importantes
contribuciones de Ricardo fue la de desmontar el mito de las ventajas
absolutas, es decir, la noción de que los Estados Unidos debería producir
ambos productos y no participar en el comercio internacional” porque
“estos” pueden conseguir ambos productos más baratos internamente. De allí pasa rápidamente a la
aseveración de que los consumidores estadounidenses deben participar en
el comercio internacional, al que ahora presenta como una forma de trueque
basada en los costos comparativos (Magee 1980, pág. 19, las cursivas son
añadidas). Todo esto proviene de un autor que al comienzo dice que considera
que la teoría de los costos comparativos se ha “sobrevalorado” (Magee, 1980,
pág xiv).
[2] La duración del
período putativo de ajuste es efectivamente bastante crítica. En vista de la
evidencia empírica, Meese y Rogoff (199..) se ven obligados a concluir, a este respecto, que el
período de tiempo requerido para que el comercio internacional (o la Paridad del Poder de compra) se equilibre
parece ser mayor de 70 años.
[3] El “problema de
las elasticidades” surge del hecho de que una disminución los términos de intercambio, que implica un
abaratamiento de las exportaciones con respecto a las importaciones, tiene dos
efectos contradictorios. Un menor precio relativo de las exportaciones implica
que cada unidad de exportaciones reporta menos al país. Pero puesto que las
exportaciones son por ello más baratas para los extranjeros, el volumen de
exportaciones debe aumentar. Esto significa que el valor de las
exportaciones puede descender, mantenerse constante o aumentar, dependiendo de
la fuerza relativa de estos dos efectos. Con las importaciones sucede lo
contrario. De modo que la respuesta total de la balanza comercial a una
disminución de los términos de intercambio depende de la combinación de los dos
conjuntos de respuestas, es decir, de las elasticidades precio respectivas de
las exportaciones y de las importaciones.
[4] Muchos teóricos
del comercio argumentan que la teoría tradicional ha sido incapaz de explicar
en forma adecuada la evidencia empírica del último siglo. Esto incluye la
persistencia de los desequilibrios estructurales de la cuenta corriente de
países como Japón, Estados Unidos y la mayoría de los países en desarrollo; la
exportación de bienes intensivos en trabajo por países que tienen abundancia de
capital, hecho que viola las predicciones de Heckscher-Ohlin y se conoce como
la “Paradoja de Leontief”; la inversión de la predicción de Stolper-Samuelson;
y el fracaso de la economías abiertas para llegar al empleo pleno y funcionar
en este nivel” (pnud, Report
on Trade and Development).
[5] Por ejemplo, los salarios monetarios pueden ser
rígidos, y aunque se ajusten parcialmente hacia abajo frente a un déficit
comercial, esto empeora la desigualdad del ingreso, y puede llevar a un
descontento social (J. M. Keynes, 1936b, citado en Milberg, 2002, pág. 242), lo
que empeora cualquier problema de exceso de capacidad (Taylor, 2001).
[6] La tesis
Prebisch-Singer postula tres cosas. Primera, que el libre comercio lleva a que
los países en desarrollo se especializan en bienes primarios y los países
desarrollados se especialicen en bienes manufacturados. Segunda, que los bienes
primarios tienen baja elasticidad de demanda y que los bienes manufacturados
tienes altas elasticidades de demanda. Tercera, que los mercados de productos y
de trabajo son imperfectamente competitivos en el centro, pero muy competitivos
en la periferia. Así, los productores del centro pueden mantener altos precios
y los trabajadores sacar provecho de los beneficios del cambio tecnológico
mediante salarios crecientes; mientras que las empresas de la periferia
enfrentan precios decrecientes ante la competencia de los demás productores y
trabajadores de bienes primarios que enfrentan un estancamiento o una reducción
de los salarios a causa de los grandes contingentes de trabajadores
desempleados. Por tanto, los términos de intercambio de los países en
desarrollo se deterioran en el largo plazo, lo que perjudica su proceso de
desarrollo (onu, 1949 y Singer,
1984).
[7] La teoría clásica de la competencia incluye a Smith y
a Ricardo. Pero mientras que el primero
extiende esta teoría al caso del comercio internacional, el segundo
propone un principio totalmente diferente cuando se llega al comercio entre
naciones: el principio de los costos comparativos. La lógica de ambos
argumentos –incluido su tratamiento respectivo de la tasa de cambio, del
equilibrio comercial y del equilibrio de pagos– se desarrolla en detalle en
Shaikh 1999, 1998, 1996, 1980).
[8] En la teoría
clásica de las “ventajas competitivas” los salarios reales y los coeficientes
de producción regulan los precios relativos dentro de una nación, así también
regulan los precios relativos internacionales y, por ello, los términos de
intercambio internacionales. De aquí que los diferenciales de los
salarios reales y de las tecnologías entre naciones sean los que determinan su
competitividad internacional (Shaikh, 1980; Cagatay, 1993; Milberg, 1993,
2002).
[9] Desde el punto de
vista de las ventajas competitivas clásicas, las diferencias tecnológicas entre
naciones juegan un papel central. Esto proporciona un fundamento teórico
alternativo al énfasis neo-schumpeteriano en las diferencias tecnológicas entre
países. Dichos modelos están dentro de la tradición de la competencia
imperfecta y se centran en las condiciones en las que las ventajas absolutas
(competitivas) predominan sobre las ventajas comparativas como
determinantes de los flujos de comercio, dependiendo de las interacciones
específicas entre las diferencias internacionales de tecnología, tasas de
salarios y estructuras de mercado tales como el tamaño de promedio de la firma,
los índices de concentración y el papel de los oligopolios internacionales
(Fagerberg, 1988; Dosi, Pavitt, Soete, 1990; Milberg, 1993; Milberg y Houston,
2002).
[10] Por ejemplo, un
país con costos reales relativamente mayores sufrirá en la competencia
internacional. En la medida en que esto lleve a un descenso de los salarios
reales (quizá incitado por las políticas estatales), puede mejorar
temporalmente la balanza comercial, a costa del nivel de vida de los
trabajadores. Pero esto es a lo sumo una solución transitoria, porque si la
tasa de crecimiento de la productividad de la nación es menor que la de sus
competidores, encontrará que los costos reales unitarios relativos del
trabajo aumentan de nuevo después de que termina el ajuste de los salarios
(Shaikh, 1996).
[11] En un nivel
empírico, el enfoque clásico también nos permite explicar los movimientos
reales de las tasas de cambio reales. Y esto también nos permite explicar por
qué la teoría de la Paridad del Poder Adquisitivo no funciona a nivel empírico
entre los países con inflación baja o moderada, y sin embargo parece funcionar
en los casos de alta inflación. Y, por último, nos permite derivar una regla
de política empíricamente robusta para evaluar la sostenibilidad de un
nivel particular de la tasa de cambio.
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