Los beneficios globales de la igualdad

Por Joseph Stiglitz

Póngase el lector en el lugar de un pobre agricultor africano que a duras penas consigue salir adelante con una o dos hectáreas de tierra. Puede que usted nunca haya oído hablar de la globalización, pero sin duda se ve afectado por ella: vende algodón que algún trabajador de la Isla de Mauricio convertirá en una camisa según el diseño de un modista italiano, para que la acabe luciendo un parisino acomodado. Está en mejor situación que su abuelo, quien se dedicaba a la agricultura de subsistencia. Pero es a su vez víctima de la globalización y de un régimen económico mundial injusto que se ha ido gestando a lo largo de los años, volviéndose en ocasiones cada vez más injusto.

El precio del algodón que usted vende es tan bajo debido a que los EEUU gastan hasta 4.000 millones de dólares al año en subvencionar a sus 25.000 agricultores, animándolos a que produzcan más y más algodón (los subsidios llegan a ser superiores al valor de lo que producen); y cuanto más producen, más baja el precio del algodón.

Así, a usted se le ocurre redondear sus ingresos comprando una vaca para vender la leche. Pero la leche es tan barata que no compensa: su leche fresca tiene que competir con la leche en polvo de Estados Unidos y Europa, naciones que pagan por sus vacas subvenciones de 2 dólares diarios, es decir, más de lo que ganan usted y sus vecinos.

Usted se pregunta cómo sería su vida si lo trataran tan bien como Europa trata a sus vacas....

Su hermana solía aportar a la familia unos ingresos adicionales trabajando en una fábrica de la ciudad, pero hace casi diez años el gobierno se vio obligado a retirar sus moderados aranceles, y la fábrica cerró: algo llamado "ronda Uruguay"dictaminó que son ilegales los aranceles y subsidios que gravan los productos que compiten con otros bienes producidos en Europa y EEUU.

Su sobrino sucumbió al SIDA, y usted es consciente de que existen medicamentos que podrían curar esta enfermedad, y de que su gobierno estaría incluso dispuesto a suministrar esos medicamentos a un precio que usted podría permitirse. Pero las empresas farmacéuticas de los Estados Unidos dicen que usted debe pagar el precio americano, que asciende a la increíble cifra de 10.000 dólares al año, lo cual equivale a la totalidad de sus ingresos en los próximos 20 años. Usted, desde luego, no entiende de economía moderna, pero no puede comprender por qué esas pastillitas habrían de resultar tan caras, sobre todo sabiendo que una empresa de Sudáfrica está dispuesta a venderlas a un precio muy inferior. Y sin embargo los americanos dicen que no, que hay una cosa denominada derechos de propiedad intelectual que les autoriza a impedir que otros fabricantes produzcan estos medicamentos, aún a costa del derecho a la vida de su sobrino. Usted comprende el deseo de estas empresas de obtener beneficios, pero ¿acaso no hay límites?

Últimamente, los presidentes estadounidenses han viajado a África con mayor frecuencia de lo que solía ser lo habitual, y todos ellos dicen que se preocupan por el continente y sus problemas. Pero usted no entiende por qué le están haciendo la vida tan difícil a usted y a su gente.

El agricultor africano probablemente no habrá estudiado en la universidad, pero es posible que esté tan informado sobre las reuniones que se están celebrando en Cancún como el ciudadano medio de EEUU o Europa, ya que su vida depende en mucha mayor medida del resultado de estas negociaciones.

En noviembre de 2001, las naciones del mundo se reunieron para iniciar en Doha una nueva ronda de negociaciones, y con el fin de subrayar que el primer punto del orden del día era rectificar los desequilibrios del pasado, la llamaron "ronda de desarrollo".

En Cancún, los ministros de comercio valorarán los logros alcanzados, y hay razones de peso para preocuparse. Todo parece indicar que los países ricos, una vez más, harán valer su fuerza económica para obtener lo que desean, a costa de los pobres.

La última serie de negociaciones comerciales fue tan desequilibrada que la región más pobre del mundo, el África subsahariana, no sólo no participó en las ganancias, sino que incluso salió perdiendo.

La estrategia que parecen estar siguiendo los EEUU y, en menor medida, Europa, es la habitual: regateo duro, posiciones extremas, concesiones de último momento, presiones, amenazas tácitas de suspender la ayuda al desarrollo y otras ventajas, y reuniones secretas entre un reducido número de participantes, todo ello diseñado para obtener concesiones por parte de los más débiles.

Europa, al menos, parecía comenzar con una apuesta fuerte con la iniciativa Todo Salvo Armas que, de forma unilateral, sin pedir a cambio concesiones políticas o económicas, abría los mercados europeos a los países más pobres del mundo. Los consumidores de la UE se beneficiaban de ello, el coste para los productores europeos suponía una cantidad insignificante, y era una excelente demostración de buena voluntad. (Aunque es cierto que Europa ha hecho muy poco por aquello que más preocupa a los países en desarrollo, la agricultura, por lo que algunos cínicos han bautizado la iniciativa como Todo Salvo Granjas.) Los EEUU se comprometieron a hacer algo similar, pero hasta la fecha no han presentado ninguna oferta concreta.

La agricultura es crucial para los países en vías de desarrollo, ya que la mayoría de las personas del tercer mundo dependen de ella, y sin embargo, después de haber estado discutiendo entre sí, Europa y los EEUU parecen haber acordado limitar los avances a un mínimo.

Desde 1994, los EEUU han duplicado sus subsidios, en lugar de suprimirlos progresivamente. La "concesión" que tal vez acaben por hacer, más que en un resarcimiento por los desequilibrios, consistirá simplemente en volver a los niveles de hace una década. En lo que respecta a la propiedad intelectual, los EEUU han sido el único país que se resiste a permitirles a los países más pobres, como Botswana, el acceso a los medicamentos que ellos mismos no pueden producir por tratarse de países demasiado pequeños. La gran "concesión", que ya está en marcha, consistirá en aprobar aquello que ya ha aprobado todo el mundo, pero no mover un dedo en lo referente a los problemas más fundamentales, como la biopiratería, mediante la cual las multinacionales patentan alimentos y fármacos tradicionales, obligando a los países en vías de desarrollo a pagar derechos de propiedad por lo que hasta entonces pensaban que les pertenecía.

Mientras que se debería hacer algo en relación con los problemas que ya existen, como la proliferación de las barreras no arancelarias, los EEUU están también planteando nuevas exigencias a los países en desarrollo: a saber, que se abran a los nuevos flujos de capital especulativos y desestabilizadores. Justo en el momento en que el FMI ha reconocido que estos flujos no fomentan el crecimiento, sino que, al contrario, aumentan la inestabilidad, y consecuentemente han aflojado la presión sobre los países en desarrollo para que liberalicen su mercado de capitales, los EEUU están intentando impulsar este tema en un nuevo foro, la OMC, algo que puede ser conveniente para Wall Street, pero es malo para los países pobres.

Poco a poco, los países en desarrollo están llegando a la conclusión de que más vale no llegar a ningún acuerdo que aceptar un mal acuerdo. Sí, es cierto que para gobernar el comercio internacional se necesita una legislación internacional; hasta cierto punto, el régimen actual restringe el brutal ejercicio de poder económico que llevan a cabo los más poderosos.

Nos encontramos con los comienzos de esta legislación internacional, si bien de una legislación desequilibrada e injusta para el mundo en desarrollo. El mundo desarrollado hizo bien en comprometerse, en Doha, a corregir estos desequilibrios. Pero desde la perspectiva de hoy en día, cada vez queda más claro que Doha fue poco más que un intento de hacer que los países en vías de desarrollo se sentaran en la mesa de negociación. La intención allí no fue la de rectificar los desequilibros sino más bien la de usar el poder económico para crear otros nuevos.

Un fracaso en Cancún no sólo supondrá un retroceso para aquellos que desean ver un régimen comercial mundial más justo y menos excluyente, con beneficios al alcance de los pobres del sur y no solamente de las multinacionales del norte. Además, representará una manifestación más de los fracasos de la democracia global, que tan evidentes se han hecho este año: el sistema de toma de decisiones global no refleja los intereses ni las preocupaciones de la mayoría de la población mundial. No hay un voto por persona, ni siquiera hay un voto por dólar. Pero también pondrá de manifiesto, una vez más, el fracaso de la democracia en el seno de nuestras sociedades.

La mayoría de los estadounidenses y europeos desean un sistema económico mundial más equilibrado. Si se sometiera a votación el tema del acceso a los fármacos anti-SIDA que salvan vidas, una mayoría aplastante se mostraría contraria a la postura de las empresas farmacéuticas. Estas negociaciones comerciales demuestran, ante todo, el poder que tienen los intereses específicos, a menudo promovidos por contribuciones hechas durante las campañas electorales, a la hora de decidir los resultados políticos. El problema es que en este caso son las personas más pobres del mundo, los miles de millones que viven con menos de 2 dólares al día, a quienes se les pide que paguen el precio.

El Dr. Joseph Stiglitz de la Universidad de Columbia de Nueva York presidió el Consejo de Asesores Económicos del Presidente Clinton, y de 1997 a 2000 fue vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial. Fue uno de los galardonados con el premio Nobel de ciencias económicas en 2001.

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