PARA FINES EDUCATIVOS ÚNICAMENTE

 

Los cuatro años de fracaso de Bush

 

Joseph Stiglitz

Especial para La Prensa, 30 de octubre de 2004

www.prensa.com

 

 

Muchos son lo que en el mundo se asombran de la poca atención que se está prestando a la campaña en pro de la reelección del presidente Bush, pero a mí no: si yo fuera el presidente Bush, lo último de lo que querría hablar sería de economía.

 

Y, sin embargo, muchos observan la economía de Estados Unidos, incluso durante estos últimos tres años y medio, con cierta envidia. Al fin y al cabo, el crecimiento económico anual —a una tasa media de 2.5%— puede haber sido claramente más lento que durante la época de Clinton, pero sigue pareciendo fuerte en comparación con el anémico 1% de Europa.

 

Pero ese dato estadístico oculta un hecho palmario: la familia estadounidense media se encuentra en peor situación que hace tres años y medio.

 

La renta real media se ha reducido en más de mil 500 dólares en términos reales y las familias estadounidenses se están viendo exprimidas a medida que los salarios se quedan a la zaga de la inflación y los gastos principales de los hogares se disparan.

 

En resumen, todo ese crecimiento solo ha beneficiado a los que ocupan las posiciones superiores de la distribución de la renta, el mismo grupo al que le fue tan bien durante los 30 años anteriores, el que más se benefició de la reducción de impuestos de Bush.

 

Por ejemplo, en la actualidad unos 45 millones de estadounidenses carecen de seguro de enfermedad, es decir, 5.2 millones más que en 2000.

 

Las familias que tienen la suerte de disponer de un seguro de enfermedad deben afrontar unas primas anuales que casi se han duplicado: hasta los 7 mil 500 dólares. Las familias estadounidenses afrontan también una inseguridad cada vez mayor en materia de empleo. Esta es la primera vez desde el decenio de 1930 en que ha habido una pérdida neta de puestos de trabajo durante el período completo de una presidencia.

 

¿A quién culpar?

 

 

Los partidarios de Bush se preguntan con razón: ¿de verdad es él culpable de ello? ¿Acaso no estaba comenzando la recesión cuando tomó posesión de su cargo?

 

La respuesta rotunda es que Bush es el culpable. Todos los presidentes reciben una herencia. La economía estaba empeorando cuando Bush tomó posesión de su cargo, pero Clinton también dejo un enorme superávit presupuestario —el 2% del producto interno bruto (PIB)—: una gran cantidad de fondos con los que financiar una recuperación fuerte.

 

Ahora bien, Bush ha derrochado dicho superávit y lo ha convertido en un déficit del 5% del PIB mediante las reducciones de los impuestos a los ricos.

 

El aumento de la productividad que se mantuvo durante el período de empeoramiento de la economía representó una oportunidad y un imperativo.

 

La oportunidad: si se gestionaba bien la economía, las rentas de los estadounidenses podían seguir aumentando como durante el decenio de 1990.

 

El imperativo: gestionar la economía de modo que el crecimiento fuera lo suficientemente sólido a fin de crear los nuevos puestos de trabajo necesarios para los nuevos miembros de la fuerza laboral. Bush no cumplió con ese imperativo y Estados Unidos perdió la oportunidad por sus "decisiones equivocadas".

 

Es cierto que las reducciones de impuestos de Bush estimularon un poco la economía; probablemente fuera más potente a corto plazo (aunque posiblemente no a largo plazo) que si no se hubieran aplicado dichas reducciones.

 

Pero había otras políticas que habrían aportado un estímulo mucho mayor con menor costo. Sin embargo, el objetivo de Bush no era el de mantener la solidez de la economía; era el de sacar adelante un programa fiscal que libró de la carga a quienes mejor podían resistirla.

 

Futuro incierto

 

Las políticas fracasadas de Bush no solo han tenido costos importantes para la economía, sino que, además, han dejado la economía en una posición mucho más débil para el futuro.

 

La Oficina Presupuestaria del Congreso, que no es partidista, está de acuerdo en que, aun cuando no hubiera nuevas iniciativas de gasto ni propuestas fiscales por parte de Bush que costaran trillones de dólares, no se eliminará el déficit en un futuro previsible... ni se reducirá siquiera a la mitad, como ha prometido Bush.

 

El gasto del que depende la futura salud económica de Estados Unidos —en infraestructuras, educación salud y tecnología— quedará excluido, lo que podrá en peligro el crecimiento a largo plazo.

 

Como la política fiscal no ha estimulado la economía, se ha añadido una carga mayor sobre la política monetaria. Unos tipos de interés más bajos dieron (un poco de) resultado, pero en su mayor parte animando a las familias a refinanciar sus hipotecas, no estimulando la inversión.

 

El endeudamiento en aumento de las familias está propiciando ya mayores tasas de quiebra y es probable que entorpezca la recuperación. También la deuda nacional ha experimentado un marcado aumento. El enorme déficit comercial ofrece el espectáculo de que el país más rico del mundo reciba prestado dos mil millones de dólares diarios del extranjero, lo que contribuye a la debilidad del dólar y representa una importante causa de incertidumbre mundial.

 

Podría haber alguna esperanza para el futuro, si Bush reconociera sus errores y cambiara de rumbo, pero no: Bush se niega a reconocer su responsabilidad en relación con la economía, del mismo modo que su gobierno no reconoce su responsabilidad por sus fracasos en Irak.

 

En 2003, tras haber visto que sus reducciones de impuestos a los ricos no habían estimulado la economía, como había prometido, el Gobierno se negó a revisar sus estrategias, sino que prescribió más cantidad de la misma medicina.

 

Ahora promete hacer permanentes esas reducciones fiscales. El peligro real es que esa es una promesa que Bush, si es reelegido, intentará cumplir.

 

Al final de agosto, junto con otros nueve premios Nobel americanos de Economía, firmé una carta abierta al público norteamericano. Resulta difícil conseguir que dos economistas —por no decir dos premios Nobel— estén de acuerdo en algo, pero en este caso nuestra preocupación era tan profunda, que nos permitió superar nuestros desacuerdos. http://alca-seltzer.org/prensa/cartabiertanobeles.html

 

Escribimos: "El presidente Bush y su gobierno han seguido una orientación temeraria y extremada que pone en peligro la salud económica de nuestra nación a largo plazo... Las diferencias entre el presidente Bush y John Kerry en materia de capacidad de dirección de la economía son mayores que en ninguna otra de las elecciones presidenciales que hemos conocido.

 

El presidente Bush cree que las reducciones de impuestos que benefician a los norteamericanos más adinerados son la respuesta para casi todos los problemas económicos".

 

En ese sentido, como en otros, Bush está totalmente equivocado y es demasiado dogmático para reconocerlo.

 

El autor es profesor de Economía en la Universidad de Columbia y miembro de la Comisión sobre las Dimensiones Sociales de la Mundialización. Recibió el premio Nobel de Economía en 2001.

 

Traducido del inglés por Carlos Manzano.