No hay ninguna mano
invisible
Viernes 20 de diciembre de 2002
Las personas no se comportan
racionalmente. Entonces, ¿por qué los economistas ortodoxos
aún se aferran a la desacreditada teoría de las expectativas
racionales?
Tomado de The Guardian,
traducción de Alberto Supelano asupelan@etb.net.co
Tres hurras para los últimos ganadores
del Nobel en economía: Daniel Kahneman de la Universidad de Princeton,
y Vernon Smith de la
Universidad George Mason de
Virginia. Igual que muchos premios Nobel, éste
reconoce no sólo el trabajo seminal emprendido por Kahneman
y Smith, sino también a las escuelas de
pensamiento que contribuyen a orientar.
Kahneman,
psicólogo, demostró que los individuos se comportan
sistemáticamente de una manera menos racional de aquella en la que creen
los economistas ortodoxos. Su investigación no sólo demuestra que
los individuos actúan a veces de manera diferente de la que predice la
teoría económica estándar, sino que lo hacen, regular y
sistemáticamente, de maneras que se pueden entender e interpretar
mediante hipótesis alternativas que compiten con las que utilizan los
economistas ortodoxos.
Para la mayoría de quienes participan en
el mercado −y, de hecho, para los observadores comunes−
esto no parece ser una gran noticia. Los corredores de Wall
Street que vendían acciones que sabían
que eran basura explotaban la irracionalidad que expusieron Kahneman
y Smith. Gran parte de la manía que
llevó a una economía de burbuja se basó en la
explotación de la psicología de los inversionistas.
De hecho, esta irracionalidad no es tampoco una
noticia para la profesión de la economía. Hace mucho tiempo, John Maynard Keynes
mostró que el mercado de acciones se basaba no en individuos racionales
que luchan por descubrir los principios del mercado, sino en un concurso de
belleza en el que el ganador es el que adivina mejor lo que dirán los
jueces.
El Premio Nobel de
este año elogia una crítica de la economía simplista del
mercado, así como lo hizo el premio del año anterior (del que yo
fui uno de los tres ganadores). Los que recibieron el premio este año
subrayaron que quienes participan en mercados diferentes tienen
información diferente (e imperfecta), y que estas asimetrías de
información tienen un profundo impacto sobre el funcionamiento de la
economía.
En particular, los ganadores de este año
concluyeron que los mercados no eran, en general, eficientes; que el gobierno
desempeñaba un papel importante. La mano invisible de Adam Smith −la
idea de que los mercados libres llevan a la eficiencia como si estuviesen
guiados por fuerzas inobservadas− es invisible,
al menos en parte, porque no está allí.
Esto tampoco es una noticia para
quienes trabajan día tras día en el mercado (y amasan su fortuna
sacando ventaja de las asimetrías de información y
superándolas). Durante más de 20 años, los economistas
estuvieron esclavizados por los modelos de “expectativas racionales”,
que suponían que todos los participantes tienen la misma
información (así no sea perfecta) y actúan en forma
totalmente racional, que los mercados son perfectamente eficientes, que nunca
existe desempleo (excepto cuando es causado por sindicatos voraces o por los
salarios mínimos del gobierno), y donde nunca hay racionamiento del
crédito.
Esos
modelos prevalecieron, sobre todo en las escuelas de postgrado de Estados
Unidos, a pesar de la evidencia en contra, como testimonio del triunfo de la
ideología sobre la ciencia. Infortunadamente, los estudiantes de esos
programas de postgrado hoy actúan como diseñadores de
políticas en muchos países, y tratan de llevar a cabo programas
basados en unas ideas que se llegaron a denominar fundamentalismo del mercado.
Permítanme
ser claro: los modelos de expectativas racionales hicieron una importante
contribución a la economía; el rigor que sus partidarios
impusieron al pensamiento económico contribuyó a exponer las
debilidades implícitas en muchas hipótesis. La buena ciencia
reconoce sus limitaciones, pero los profetas de las expectativas racionales no
suelen mostrar esa modestia.
Vernon Smith es un líder en el desarrollo de la
economía experimental, de la idea de que muchas proposiciones
económicas se pueden probar en ambientes de laboratorio. Una
razón para que la economía sea un tema difícil, y para que
haya tantas discrepancias entre los economistas, es que estos no pueden
realizar experimentos controlados. La naturaleza produce experimentos naturales,
pero en la mayoría de las circunstancias, muchas cosas cambian tan
rápidamente que suele ser difícil discernir qué
causó qué.
En
un laboratorio, podemos realizar en principio experimentos controlados y, por
tanto, hacer inferencias más confiables. Los críticos de la
economía experimental se inquietan porque los sujetos aportan a las
situaciones experimentales modos de pensamiento determinados fuera del
experimento, y porque los experimentos no son entonces tan puros y las
inferencias tan tajantes como en las ciencias físicas. No obstante, los
experimentos económicos aportan ideas sobre muchos problemas
importantes, como el mejoramiento del diseño de subastas. Aún
más importante, la irracionalidad de quienes participan en el mercado,
la cual fue el tema central de la obra de Kahneman,
se ha verificado repetidamente en ambientes de laboratorio.
Entre
los resultados más divertidos de la economía experimental se
encuentran aquellos que se refieren al altruismo y al egoísmo. Parece
ser (al menos en situaciones experimentales) que los sujetos experimentales no
son tan egoístas como suponen los economistas, salvo un grupo: el de los
mismos economistas.
¿Esto
obedece a que la economía
como disciplina atrae a individuos que son, por naturaleza, más
egoístas o a que la economía contribuye a formar a los
individuos, volviéndolos más egoístas? La respuesta, casi
con certeza, es un poco de ambas. Quizá la investigación
experimental futura ayude a responder la pregunta de la importancia relativa de
estas dos hipótesis.
El
Premio Nobel destaca cuán importante es
estudiar a las personas y a las economías tal como son, no como queremos
que sean. Únicamente mediante una mejor comprensión del
comportamiento humano real podemos esperar que se diseñen políticas
que también hagan funcionar mejor a nuestras economías.
Joseph Stiglitz
es profesor de economía y finanzas en la Universidad de Columbia, ganador del Premio Nobel
de economía en 2001, y autor de Globalización y sus Descontentos.
Fue presidente del Consejo de Asesores Económicos del Presidente Clinton y Economista Jefe del Banco Mundial.