La
promesa rota del NAFTA
Joseph E. Stiglitz*
Publicado
en el New York Times, 6 de enero de 2004.
Traducción de Alberto Supelano, asupelan@etb.net.co
Las celebraciones del décimo aniversario del NAFTA
son mucho más silenciosas de lo que se podía esperar en el momento de su
creación. En los Estados Unidos, el Tratado de Libre Comercio de América del
Norte(TLCAN) no ha cumplido las advertencias más horrendas de sus antagonistas
ni las expectativas más fervientes de sus partidarios. En México, sin embargo,
el tratado sigue siendo controvertido e incluso perjudicial —como lo son los
esfuerzos de Norteamérica para liberalizar el comercio en todo el hemisferio.
Hay algunas buenas noticias. En Norteamérica, el “sonido
de un gigante chupón de empleos que se están arrancando de este país” que
predijo Ross Perot nunca se materializó. Los seis primeros años del NAFTA
vieron descender el desempleo en los Estados Unidos a nuevas profundidades.
(Por supuesto, para la mayoría de los economistas había poco fundamento para
las preocupaciones de Mr. Perot. El
mantenimiento del pleno empleo es la preocupación de la política monetaria y
fiscal, no de la política comercial.) El NAFTA también ha producido algunos
beneficios a México; el responsable de la rápida recuperación mexicana después
de la crisis financiera de diciembre de 1994 fue el comercio con Norteamérica,
alimentado por el NAFTA, no el salvamento de los prestamistas de Wall Street.
Pero aunque México se benefició en la primera
época, sobre todo con las exportaciones de las fábricas cercanas a la frontera
de los Estados Unidos, esos beneficios han desparecido por el debilitamiento de
la economía norteamericana y por la intensa competencia de la China. Entre
tanto, los campesinos pobres que cultivan maíz en México libran una penosa
batalla para competir con el maíz norteamericano fuertemente subsidiado,
mientras que los habitantes de las ciudades mexicanas, que viven en una
situación relativamente mejor, se benefician de los menores precios del maíz. Y
como los principales bancos mexicanos (excepto uno) se vendieron a los bancos extranjeros, las empresas locales de
tamaño pequeño y mediano —particularmente las de los sectores no exportadores,
como el de las ventas al detal— se preocupan por el acceso al crédito.
El crecimiento de México durante los últimos 10
años fue de un árido 1 por ciento en términos per cápita —mejor que en buena
parte del resto de América Latina, pero muy inferior al de décadas anteriores.
Entre 1948 y 1973, México creció a una tasa promedio anual del 3.2 por ciento
per cápita. (En cambio, en los 10 años del NAFTA, incluso con la crisis del
Este Asiático, el crecimiento de Corea fue en promedio del 4.3 por ciento y el
de China del 7 por ciento en términos cápita.)
Y aunque se esperaba que el NAFTA redujera las
disparidades del ingreso entre los Estados Unidos y su vecino del sur, en
realidad han aumentado: en un 10 .6 por ciento durante la última década. Entre
tanto, el avance en la reducción de la pobreza ha sido decepcionante en México,
donde los salarios reales han caído a una tasa del 0.2 por ciento anual.
Estos resultados no deberían causar ninguna
sorpresa. El NAFTA da a México una ligera ventaja sobre otros socios
comerciales. Pero con su baja base tributaria, su baja inversión en educación y
tecnología, y su elevada desigualdad, México soporta tiempos difíciles en la
competencia con una China dinámica. El NAFTA mejoró la capacidad mexicana para
suministrar componentes de bajo costo a las empresas industriales
norteamericanas, pero no convirtió a México en una economía productiva
independiente.
Cuando el Presidente Bill Clinton preguntó al
Consejo de Asesores Económicos cuál era la importancia económica del NAFTA, a
comienzos de su administración, nuestra respuesta fue que los beneficios
geopolíticos potenciales eran más importantes que los beneficios económicos.
(En forma similar, la Unión Europea, pese a todos los beneficios económicos que
ha reportado, es ante todo un proyecto político.)
Norteamérica quizás se resistió más que México a
ganar económicamente, pero era probable que las ganancias concretas fuesen
pequeñas para ambos partes. Los aranceles ya eran muy bajos en ambos lados,
aunque en México eran ligeramente
mayores que en Norteamérica, y el NAFTA no eliminaría importantes barreras no
arancelarias. La disparidad del ingreso a lo largo de la frontera mexicana es
una de las más altas de todo el mundo, y la presión de la migración es enorme.
Lo poco que Norteamérica pudiera hacer para mejorar el crecimiento en México
sería bueno para México, y bueno para América; y era la cosa correcta que se
debía hacer por nuestro vecino al sur.
Desgraciadamente, gran parte de la buena voluntad
que los Estados Unidos podrían haber esperado se ha malgastado. Primero, los Estados
Unidos intentaron usar barreras para mantener alejados a los productos
mexicanos que empezaron a incursionar en nuestros mercados; desde tomates hasta
aguacates y desde camiones hasta escobas. Pese a los impresionantes esfuerzos
de los grupos de derechos de los trabajadores, los esfuerzos por mejorar la
vida de los inmigrantes se han frustrado. Los recientes movimientos para
impedir que los inmigrantes ilegales obtengan licencias de conducción y
atención médica en California son una señal deprimente de que las condiciones
de los inmigrantes mexicanos están empeorando en este país.
Por supuesto, el NAFTA era un proyecto mucho más
modesto que la Unión Europea. No contemplaba el libre movimiento del trabajo,
aunque éste habría tenido un efecto mucho mayor sobre el producto regional que
el libre movimiento del capital, en el que se concentró. No contemplaba un
conjunto común de regulaciones económicas, o incluso una moneda común. Pero
oculto en el NAFTA había un nuevo conjunto de derechos —para las empresas— que
debilitaban potencialmente a la democracia en toda América del Norte.
Con el NAFTA, si los inversionistas extranjeros
creen que son perjudicados por las regulaciones (no importa cuán bien
justificadas), pueden demandar por daños y perjuicios en tribunales especiales
sin la transparencia que proporcionan los procedimientos judiciales normales.
Si tienen éxito, reciben una compensación directa del gobierno federal. Las
regulaciones sobre el medio ambiente, la salud y la seguridad se han atacado y
se han puesto en peligro. Hasta la fecha, se han acumulado juicios con demandas
por más de $13 mil millones.
Aunque muchos de los casos están aún pendientes, es
claro que no hubo un debate pleno y abierto sobre las consecuencias del NAFTA
antes de su aprobación. Durante mucho tiempo los conservadores han buscado
recibir compensación por las regulaciones que los perjudican, y el Congreso y
los tribunales norteamericanos usualmente han rechazado esos intentos. Hoy, las
empresas pueden haber logrado indirectamente, a través del tratado, lo que no
podían obtener más abiertamente a través del proceso político democrático.
Entre tanto, quienes son perjudicados por las
acciones de las empresas extranjeras, por ejemplo por lo que le hacen al medio
ambiente, no tienen protecciones comparables para recurrir a un tribunal
internacional y recibir compensación. La preocupación es que el NAFTA suprima
la regulación, no importa cuán importante sea para el medio ambiente, la salud
o la seguridad.
Todos esto tiene graves implicaciones para el Área
de Libre Comercio de las Américas (ALCA)que se ha propuesto, y para los países
que piensan firmar acuerdos de bilaterales de comercio con los Estados Unidos. La
firma de un acuerdo de libre comercio no es un camino fácil ni seguro hacia la
prosperidad. Los Estados Unidos han dicho que no quieren que las barreras
agrícolas y no arancelarias estén en la
mesa de negociaciones. Pero mientras se niegan a ceder en estos puntos, quieren
que los países latinoamericanos comprometan su soberanía nacional y acepten las
“protecciones” a los inversionistas.
En realidad, los Estados Unidos exigen que los
países liberalicen plenamente sus mercados justamente cuando el Fondo Monetario
Internacional ha descubierto finalmente que dicha liberalización no promueve el
crecimiento ni la estabilidad en los países en desarrollo. Desgraciadamente, es
probable que muchos de los países más pequeños y más débiles acepten con la
quijotesca esperanza de que si se unen a Norteamérica, compartirán la
prosperidad norteamericana.
Aunque, en el largo plazo, los grupos de intereses
particulares se puedan beneficiar de un tratado comercial tan injusto, los
intereses nacionales de Norteamérica —de tener vecinos estables y prósperos —no
serán satisfechos. La forma en que los Estados Unidos están intimidando a los
países más débiles de Central y de América del Sur para que acepten sus
términos ya está generando un enorme resentimiento.
Si estos acuerdos comerciales no les sirven mejor
de lo que el NAFTA le ha servido a México, la paz y la prosperidad del
hemisferio estarán en peligro.
*Joseph E. Stiglitz, profesor de economía en la
Universidad de Columbia y autor de “El rugido de los 90”, fue economista jefe
del Banco Mundial entre 1997 y 2000. Ganó el Premio Nobel de economía en 2001.