¿Quién
paga el “bienestar” en el Estado de Bienestar?
Anwar Shaikh
Professor Department of Economics, Graduate Faculty of Political and Social Science,
New School for Social Research
Traducción de Alberto Supelano, asupelan@etb.net.co. La versión original se publicó en Social Research, Summer 2003, pp. 531-550, y se puede bajar de http://homepage.newschool.edu/~AShaikh/welfare_state.pdf
I.
Introducción
Hubo
una época, no hace mucho tiempo, en que se consideraba al Estado de Bienestar
como un logro social digno de orgullo. Pero últimamente se lo ha sometido a
un fuerte ataque. En el fondo de este ataque se encuentra la pretensión de
que durante su apogeo, entre los años cincuenta y setenta, los gastos de las
prestaciones sociales del Estado de Bienestar llevaron al estancamiento
económico subsiguiente y al desempleo persistente en el mundo avanzado. Este ensayo
se apoya en la evidencia empírica de un conjunto de estudios
multi-países. Sintetizo los problemas involucrados, discuto la metodología
que sirve de base a los estudios empíricos sobre los seis principales países
de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCDE)
(Australia, Canadá, Alemania, Suecia, el Reino Unido y los Estados Unidos), y
presento los principales resultados. Mi resultado esencial es que los gastos
en prestaciones sociales se financiaron con los impuestos que pagaron los
destinatarios de esos mismos gastos: en otras palabras, de manera general, los
gastos de bienestar social se autofinanciaron, y no podían causar déficit
fiscales ni frenar el crecimiento.
1.
El ascenso y la caída del Estado de Bienestar
El
crecimiento de los Estados de Bienestar es uno de los rasgos característicos
de las democracias capitalistas modernas. Los Estados de Bienestar europeos
empezaron con programas de pensiones y de seguridad social a finales del siglo
xix y comienzos del siglo xx,
y luego se convirtieron en sistemas generales de asistencia social entre los
años treinta y cincuenta. En los Estados Unidos fue necesaria la Gran
Depresión para que despuntaran iniciativas similares en forma de programas
del New Deal sobre seguridad social, seguro de desempleo estatal, asistencia
pública limitada subsidiada federalmente (lo que los norteamericanos llaman
“bienestar”) para los ancianos pobres, los niños dependientes y los
ciegos.
Después
del Segunda Guerra Mundial, el papel del Estado se amplió rápidamente. En
los países de la OCDE, la participación promedio del gobierno en el producto
interno bruto (PIB) aumentó en más de la mitad (del 27 por ciento al 42 por
ciento) entre 1960 y 1988, mientras que su participación promedio en el
empleo total aumentó en casi dos tercios (del 11 por ciento al 18 por
ciento). Paralelamente hubo un cambio en el tipo de gastos del gobierno, que
se trasladaron de los gastos tradicionales en defensa, administración
pública y servicios económicos generales hacia gastos de bienestar social en
salud, educación y transferencias (pagos de seguridad y asistencia social,
subsidios a las empresas e intereses sobre la deuda del gobierno). Hacia los
años ochenta, las transferencias llegaron a ser la principal categoría
individual de gasto económico en la mayoría de los países (OCDE, 1985: 16).
Pero
el aumento del gasto del gobierno fue sólo una parte de la historia. Los
impuestos también aumentaron fuertemente, y su composición pasó de las
fuentes tradicionales, como los impuestos indirectos a las empresas, a los
impuestos de seguridad social y de renta personal (OCDE, 1985: 1617). En
conjunto, los gastos del gobierno y la estructura tributaria se modificaron de
manera muy similar.
La
parte inicial del período de la postguerra fue el cenit del Estado de
Bienestar, cuando el mundo industrializado crecía a una tasa de cerca del 5
por ciento anual. Sin embargo, hacia mediados de los años setenta la
expansión básica llegó a su pico y a finales de los setenta la tasa media
de crecimiento del mundo industrializado cayó a la mitad de su nivel
anterior. En 1983, los países de la OCDE en conjunto crecieron escasamente
(OCDE, 1991). Este período de retardo del crecimiento y de estancamiento
eventual llevó a un aumento del desempleo y de la pobreza, los que condujeron
a mayores exigencias de gasto social.
En
los Estados Unidos, el auge de la postguerra llegó a su pico en 1968-1969. La
economía pasó a una etapa de estancamiento (inicialmente inflacionaria). En
ese momento ocurrió un gran cambio en los principales patrones económicos.
En las décadas de auge, de 1947 a 1968, el crecimiento fue elevado, el
desempleo promedió el 4.8 por ciento, los salarios reales crecieron casi un
50 por ciento, y el déficit anual promedio del presupuesto federal no fue
mayor de $1.7 miles de millones [1].
En las dos décadas siguientes, entre 1969 y 1989, el desempleo creció a un
promedio del 6.6 por ciento, los salarios reales descendieron el 14 por
ciento, y el déficit anual promedio del presupuesto se elevó en casi cinco
veces, a $82.4 mil millones (ERP, 1996). En 1980, se había restringido
la elegibilidad para la asistencia pública, y para quienes recibían ayuda,
las prestaciones reales eran 20 por ciento inferiores a las de 1970.
Entre
1980 y 1988, la administración Reagan llevó a cabo una política
sistemática y de largo alcance de ataque a los trabajadores y a los pobres.
Debilitó a los sindicatos y recortó el nivel y la duración de los subsidios
de desempleo. La pertenencia a los sindicatos descendió rápidamente durante
este período, de cerca de un cuarto de la fuerza de trabajo a menos de un
sexto. Los salarios reales cayeron, y las concesiones y devoluciones de los
trabajadores se convirtieron en lugares comunes. El número de personas en
empleos de bajos salarios se elevó notablemente: en 1970 sólo el 20 por
ciento de los trabajadores recibía un ingreso real inferior a $7,000 (en
dólares 1984 ); entre 1979 y 1984, el 60 por ciento de los nuevos empleos
estaba en esta categoría (Rosenberg, 1987). El gasto militar aumentó
drásticamente aun cuando se cercenó el gasto social, de modo que el déficit
presupuestal siguió remontándose a nuevas alturas. Durante todo esto, la
retórica del período estuvo dominada por la noción de “alivio tributario”
para una población sobrecargada (de nuevo, una frase muy familiar). Las
corporaciones recibieron a sustanciales alivios tributarios, que se añadieron
a los beneficios de la reducción de los salarios. Pero, como veremos, la
situación era diferente para los trabajadores, puesto que su tasa tributaria
siguió aumentando (ver gráfico 1).
Cuadro 1: Tasas de crecimiento del PIB promedio real
(Excluido
el choque del petróleo de 1973)
1961-1972
1975-1982
1983-1991
Europa
4.68%
2.23%
2.66%
Estados
Unidos
3.83%
1.97%
2.85%
El
cambio de fase de la economía de Estados Unidos se reflejó en un patrón
evidente en todos los países capitalistas avanzados cuando las décadas de
alto crecimiento cedieron lugar a las décadas de lento crecimiento,
inflación, aumento del desempleo y una “crisis fiscal del Estado de
Bienestar” concomitante (Skocpol, 1987: 36). En el cuadro 1 se muestran las
tasas de crecimiento del PIB de Europa y los Estados Unidos, del que se
excluye el “choque del petróleo” del período de 1973 a 1974 para evitar
sesgos en la comparación entre períodos. En el cuadro 2 se muestran los
patrones correspondientes de las tasas de desempleo.
A
la luz de estos sucesos, que se manifestaron en el mundo avanzado, no es
sorprendente que surgiera la pretensión de que el Estado de Bienestar era
culpable. Los economistas de la corriente predominante argumentaron en
particular que su “política social [llevó a]... una expansión excesiva
del gobierno que [fue]... una causa principal del retardo económico y del
aumento de la inflación de los años setenta (Buchanan y Flores, 1980, cap.
6, citados en Fazeli, 1996: 37). Así, el Estado de Bienestar era “una
actividad económica peligrosa y [tenía]... bajo desempeño económico”
(Moudud y Zacharias, 2000: 7). Se pensó que para restablecer el crecimiento y
reducir el desempleo era necesario recortar los gastos sociales, en particular
el seguro de desempleo y el sostenimiento del ingreso de los pobres y los
ancianos, (Atkinson, 1999). Y, de hecho, esos recortes comenzaron a difundirse
en todo el mundo desarrollado.
Cuadro
2: Tasas promedio de desempleo
(Excluido
el choque del petróleo de 1973)
1961-1972
1975-1982
1983-1991
Europa
2.59%
5.41%
9.51%
Estados
Unidos
4.94%
7.01%
6.74%
Se
han propuesto muy diferentes mecanismos como causas de los supuestos efectos
negativos del Estado de Bienestar. En la economía ortodoxa, dos son
particularmente importantes. El primero de ellos se deriva de la pretensión
de que el Estado de Bienestar da lugar a déficit presupuestales para
financiar sus gastos sociales. Se dice que estos déficit estimulan el consumo
y reducen la tasa de ahorro de los hogares, lo que a su vez reduce la tasa de
crecimiento de largo plazo de la economía. En la izquierda surgió una
pretensión similar, en la forma de la “crisis fiscal del Estado”
identificada por O’Connor (1973), y en la pretensión de Bowles y Gintis
(1982) de que en el período de la postguerra el Estado indujo una “redistribución
sustancial del capital hacia el trabajo”, que resultó en un “salario
ciudadano” cuyo crecimiento fue tan rápido que hacia los años setenta
jugó “un papel crítico en la producción y prolongación” de la crisis
económica (Bowles y Gintis, 1982: 69, 8485). En todos estos argumentos, el
Estado de Bienestar tiende a reducir y a debilitar el crecimiento en el largo
plazo, lo que en algún momento da lugar al estancamiento y al desempleo
(Fazeli, 1996, cap. 2; Moudud y Zacharias, 2000: 814).
La
segunda crítica es que el Estado de Bienestar perpetúa el desempleo que
crea. La teoría económica ortodoxa dice que el desempleo se corrige a sí
mismo si el salario real de los trabajadores se reduce siempre que hay
desempleo. Pero dice que los diversos mecanismos de protección social del
Estado de Bienestar crean “distorsiones en el mercado de trabajo” que
interfieren en este proceso de ajuste automático. El seguro de desempleo y el
mantenimiento del ingreso reducen el incentivo de los trabajadores
desempleados para aceptar salarios más bajos y peores condiciones de trabajo,
mientras que los impuestos a la nómina y la protección a los empleados
reducen los salarios que las empresas están dispuestas a ofrecer a los
trabajadores. Como dice Krugman, la mayor protección social relativa en
Europa significa que “un europeo desempleado no necesita buscar empleo con
la desesperación de su contraparte norteamericana” (Krugman, 1994: 22). El
Estado de Bienestar tiende así a impedir la eliminación del desempleo.
En
últimas, se nos dice que el Estado de Bienestar tiende a debilitar el
crecimiento y a generar desempleo porque contribuye a producir déficit
presupuestales. Al mismo tiempo, “distorsiona” los mercados de trabajo
haciendo que los trabajadores enfrenten el desempleo con menos desespero, lo
que tiende a dar persistencia al desempleo (Pear, 1995). En ambos casos, la
solución apropiada es reducir la magnitud del Estado de Bienestar.
En
lo que atañe al argumento de las “distorsiones del trabajo”, incluso
Krugman admite que no puede explicar por qué “los países europeos
[socialmente conscientes] pudieron lograr tasas de desempleo tan bajas antes
de 1970” (23). Los estudios micro y macro econométricos detallados también
indican que sólo hay una relación débil entre prestaciones, regulaciones
del mercado de trabajo y desempleo (Bean, 1994: 594-595, 600-603). Más
recientemente, un detallados estudio transversal entre países encuentra que
no hay apoyo empírico real para la visión de que las instituciones y las
políticas del mercado de trabajo del Estado de Bienestar jugaron un papel
importante en la crisis de desempleo europea de los años ochenta (Baker,
Glyn, Howell, y Schmitt, 2002: 24, 54-57). Por último, es llamativo que
precisamente durante el período en que supone que el Estado de Bienestar más
inhibió el desempeño económico, entre 1975 y 1993, el producto interno
bruto (PIB) cápita de los países de la OCDE se incrementó en 314 por
ciento, mientras que el PIB del cápita de los Estados Unidos sólo aumentó
en 234 por ciento [2].
¿Pero
no podría ser aún posible que en el apogeo del Estado de Bienestar, el gasto
social, en particular el gasto social destinado a los trabajadores, se
financiara con déficit del gobierno, los que a su vez fueron suficientemente
elevados para ocasionar el retardo subsiguiente del crecimiento en el mundo
avanzado? Más adelante volvemos a esta pregunta.
2.
¿Quién pagó los gastos sociales?
La
noción de que el Estado de Bienestar se financió con déficit depende de una
serie de pretensiones implícitas. Primera, que los beneficiarios del gasto
social recibieron más de lo que pagaron en impuestos. Segunda, que esta
diferencia se financió ante todo con déficit del gobierno y no con
transferencias de otros grupos de la sociedad. Y, tercera, que los déficit
resultantes fueron suficientemente elevados para frenar el crecimiento
económico.
Es
sorprendente que se haya presentado tan poca evidencia empírica consistente
para respaldar esas pretensiones. Los estudios de países individuales no
sirven de mucho para hacer generalizaciones acerca del Estado de Bienestar
(Marmor, 1993). Por otra parte, los estudios nacionales transversales que
sólo analizan los gastos [3],
o los impuestos, son igualmente inadecuados porque lo que importa es el
balance neto entre ambos. Por ejemplo, si los impuestos que pagó un grupo son
iguales a los gastos sociales destinados a ese grupo, esos gastos sociales se
autofinanciaron y no pudieron causar déficit fiscales ni frenar el
crecimiento.
La
pregunta es entonces: ¿quién paga los gastos de bienestar del Estado de
Bienestar? Para abordar este problema, nos enfocamos en las relaciones entre
el Estado y los trabajadores (definidos aquí como receptores de sueldos y
salarios, excluyendo a la alta gerencia y a los altos ejecutivos. Este enfoque
surge de la pretensión de que el apoyo social a los trabajadores fue en
particular el que eventualmente debilitó al Estado de Bienestar [4].
3.
Nuestros principales resultados
Nuestros
resultados se basan en una serie de estudios nacionales transversales del
Estado de Bienestar realizados en los años ochenta. El marco que utilizamos,
que se describe en la segunda sección, se aplicó originalmente a los Estados
Unidos (Shaikh y Tonak, 1987, 1994, 2000), y luego a Australia, Canadá,
Alemania, Suecia y el Reino Unido, durante varios períodos (Tonak, 1984;
Bakker, 1986; McGill, 1989; Fazeli, 1992, 1996; Maniatis 1992).
El
resultado principal de estos estudios es que los impuestos que pagaron los
receptores de sueldos y salarios
son estrictamente paralelos a los gastos sociales que se destinaron a ellos:
para el promedio estimado de los países avanzados entre 1960 y 1987, la
diferencia entre el valor total de la prestaciones sociales totales que
recibieron y los impuestos que pagaron directamente (el salario social neto)
se mantuvo entre el 1 y el 2 por ciento del PIB (del 3 al 5 por ciento del
total de sueldos y salarios) en casi todos los años. Puesto que esta
diferencia es positiva, los receptores de sueldos y salarios recibieron más
de lo que pagaron. Pero este subsidio neto general es claramente bajo. Y como
veremos, aunque es en general positivo en los cinco países de la OCDE que
estudiamos, suele ser negativo (es decir, un impuesto neto) en los Estados
Unidos.
La
baja magnitud de esta proporción del salario social neto promedio (el salario
social neto con respecto al PIB) no respalda la pretensión de que los gastos
en prestaciones sociales perjudicaron el crecimiento económico en el mundo
avanzado. De hecho, lo que se muestra es en cambio que el efecto principal de
los flujos de transferencias netas es el de reciclar el ingreso entre
receptores de sueldos y salarios. Pero aun aquí, la evidencia indica que ese
efecto redistributivo intra-clase es bastante limitado. Los estudios
transversales detallados del ingreso familiar por clases en varios países de
la OCDE parecen indicar que los efectos redistributivos se concentran
en los rangos de ingresos más bajos y más altos, de modo que la mayor
parte de los rangos de ingresos no se vio muy afectada por la intervención
neto del gobierno(OCDE, 1985, cap. 7, sec. B).
Hay,
por supuesto, diferencias entre países, pero incluso éstas no son
necesariamente las que cabría esperar. Por ejemplo, el salario social neto
fue negativo en los Estados Unidos durante los años de auge, lo que significa
que los receptores de sueldos y salarios pagaron más impuestos de lo que
recibieron —o sea que contribuyeron a reducir el déficit fiscal existente.
En el mismo período, el salario social neto fue casi nulo en Suecia, lo que
indica que sus generosos gastos de bienestar social realmente se
autofinanciaron. Por tanto, ni en los Estados Unidos
ni en Suecia se puede culpar a los gastos de bienestar de ser la causa
de déficit fiscales o del estancamiento económico posterior. Sin embargo, en
Alemania el salario social neto fue en general positivo durante los años de
auge, de un orden del 4 por ciento de PIB. E incluso este bajo porcentaje es
uno de los más altos de nuestra muestra. Aquí podemos decir al menos que el
salario social neto sí tuvo un impacto sustancial sobre las finanzas del
gobierno: entre 1950 y 1973, correspondió a cerca del 42 por ciento del
déficit del gobierno, que fue cercano al 7 por ciento del PIB. No obstante,
la tasa de crecimiento de Alemania fue más alta que la de Suecia o la
de los Estados Unidos en cada subperíodo (OCDE, 1991). De hecho, hay una
correlación positiva entre el monto del salario social neto y el
crecimiento económico: Alemania tiene la mayor tasa de crecimiento, Suecia
está en el medio y los Estados Unidos tiene la más baja.
II.
Metodología del salario social neto
Nuestro
interés nos exige identificar los diferentes componentes de los impuestos
totales que provienen de la nómina total de salarios, y las diversas
prestaciones sociales que retornan a la población trabajadora a través de
los gastos del gobierno; esto nos permite calcular su balance neto (el salario
social neto). La categoría “población trabajadora” no se define aquí en
términos sociológicos ni políticos, sino en términos de todos los que
reciben sueldos y salarios, excepto los altos ejecutivos y otros altos
directivos. Esto obedece en parte a que los salarios desempeñan una función
esencial en la mayoría de los procesos económicos, pero también a que nos
permite obtener resultados consistentes entre países. Usamos las cuentas
nacionales y otras fuentes para estimar y descomponer el salario social neto
en seis países avanzados: los Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido,
Alemania, Suecia y Australia.
El
salario social neto es la diferencia entre gastos sociales destinados a la
población trabajadora (“los trabajadores”) y los impuestos que se
recaudan directamente en este mismo grupo. En el lado de los gastos sociales
contabilizamos todo los gastos de bienestar (salud, educación, bienestar,
vivienda, transporte, parques y recreación, transferencias a los
trabajadores, etc.). Dividimos esos gastos en dos subconjuntos. El grupo de
gastos I, que suponemos reciben totalmente los trabajadores, formado por
rubros tales como servicios de capacitación de los trabajadores, servicios
comunitarios y de alojamiento, mantenimiento del ingreso, seguridad social y
bienestar (excepto los rubros pequeños denominados incapacidad militar y
pensiones del ejército, que tratamos como costos de guerra). Y el grupo de
gastos II, que se destina a los trabajadores y no trabajadores por igual,
formado por rubros tales como educación, salud y hospitales, actividades
recreativas y culturales, energía, recursos naturales, transporte de
pasajeros y servicios postales. La participación de los trabajadores se
estimó multiplicando el total del grupo por la participación del trabajo en
el ingreso personal (Shaikh y Tonak, 1987, 1994).
En
el lado de los impuestos recaudados directamente entre la población
trabajadora están los impuestos de renta, los de seguridad social, los de
propiedad y otros impuestos. El flujo monetario primario del que se deducen
los impuestos es la remuneración total a los empleados, es decir, el costo
total de los trabajadores para sus empleadores. Consideramos que ésta
representa el salario bruto de los trabajadores, incluidos los sueldos y
salarios así como prestaciones tales como las contribuciones de los
empleadores a la seguridad social y otros ingresos del trabajo. Los impuestos
totales que se deben considerar se dividen después en dos grupos: grupo de
impuestos I, que provienen totalmente de los salarios brutos, formado por
todas las deducciones para la seguridad social (es decir, la suma de las
contribuciones de los empleados y los empleadores), y el grupo de impuestos
II, más general, formado por los impuestos de renta personal, las licencias
de vehículos motorizados, los impuestos sobre la propiedad personal
(principalmente sobre la vivienda), y otros impuestos y cargas no tributarias
(una categoría muy pequeña que incluye derechos de pasaportes y multas), que
se distribuye entre trabajadores y no trabajadores usando la participación
del ingreso de los trabajadores en el ingreso personal.
La
comparación de los gastos en los trabajadores y los impuestos que ellos pagan
nos da entonces el salario social neto, definido como las prestaciones que
éstos reciben menos los impuestos que pagan (ver Shaikh y Tonak, 1987, 1994,
2000, para mayores detalles). El salario social neto luego se expresa como
porcentaje del PIB.
III.
Resultados empíricos
1.
Los Estados Unidos
Empezamos
con nuestros resultados para los Estados Unidos, con datos tomados de Shaikh y
Tonak (2000). El gráfico 1 representa la tasa de prestaciones de los
trabajadores (total de gastos sociales destinados a los trabajadores con
respecto al PIB) y la tasa de impuestos al trabajo (impuestos totales al
trabajo con respecto al PIB) [5].
Es claro que ambas aumentaron fuertemente en el período de la postguerra.
Pero lo que sorprende particularmente es que en los Estados Unidos, durante el
prolongado auge de finales de la Segunda Guerra Mundial hasta finales de los
años sesenta, la tasa de prestaciones es siempre inferior a la tasa de
impuestos. De modo que durante este auge prolongado el salario social neto es
negativo—es decir, es un impuesto neto al trabajo. En vez de frenar al resto
de la economía en este período, los trabajadores de los Estados Unidos la
subsidiaron.
La
tasa de prestaciones supera a la tasa de impuestos y el salario social neto se
vuelve positivo sólo después de que cesa el auge y la tasa de desempleo
aumenta notablemente, a comienzos de los años setenta. Debido simplemente a
que aumentó el número de personas desempleadas y empobrecidas que llegaron a
ser elegibles para esos pagos, al mismo tiempo que la disminución de sus
ingresos redujo los impuestos que pagaban. Este mismo efecto eleva el déficit
del gobierno. De modo que un salario social neto positivo llega a asociarse
con un aumento del déficit del gobierno durante el retardo del crecimiento,
lo que da lugar a la errónea impresión de que la correlación observada
entre ambos era causal.
Gráfico
1: Impuestos y prestaciones de los trabajadores de los EE. UU. con respecto al
PIB
Pero
la correlación sirvió para un importante propósito ideológico, pues se
convirtió en excusa para atacar al Estado de Bienestar. En los años ochenta,
empezando con Reagan y continuando después de su administración, este ataque
llevó al desmantelamiento de la red de seguridad y a la reducción de la
fortaleza de las organizaciones de los trabajadores (Amott, 1987: 51). Aun el
fuerte ascenso de la tasa de desempleo a comienzos de la época Reagan-Bush
(ver cuadro 2) apenas modifica la tasa de prestaciones porque los recortes de
las prestaciones y de la elegibilidad compensan el mayor número de
desempleados. La segunda oleada de desempleo a finales de esta época vuelve a
elevar la tasa de prestaciones porque su monto total se acelera ante el mayor
desempleo mientras que la remuneración total de los empleados se frena por la
misma razón y su participación aumenta realmente. Durante la administración
Clinton se mantiene estable, pero la tasa de impuestos aumenta, de modo que la
brecha se vuelve a cerrar.
Gráfico 2: Salario social neto de los EE. UU. Con respecto al PIB
El
gráfico 2 muestra estos mismos movimientos desde el punto de vista de la
proporción del salario social de los
Estados Unidos (salario social neto como porcentaje del PIB), que es
simplemente la diferencia entre las prestaciones y las tasas de impuestos ya
descritas. Durante todo el período de la postguerra, de 1952 a 1997, la
proporción promedio del salario social neto en los Estados Unidos es de
apenas 0.33 por ciento. De hecho, los trabajadores pagaron sus propias
prestaciones sociales [6].
Gráfico
3: proporción del salario social neto de cinco países
2.
Cinco países de la OCDE
Se
hizo un análisis similar para los cinco países restantes de este estudio
(Canadá, Alemania, el Reino Unido, Australia y Suecia). Debido a limitaciones
de los datos, las cifras iniciales de
las series corresponden a comienzos de los años cincuenta para los tres
primeros países, y a comienzos de los sesenta para los dos últimos. Los
datos finales también varían, puesto que los estudios de los países fueron
realizados por diferentes personas entre los años ochenta y comienzos de los
noventa. Por esta razón, sólo fue posible contar con datos comparables de
todos los países para el período 1960-1987 [7].
Para nuestros propósitos esto es suficiente para saber si, al menos en
Europa, el Estado de Bienestar pudo o no ser la causa del retardo del
crecimiento que comenzó en los años setenta.
El
gráfico 3 representa la proporción del salario social neto de cada uno de
los cinco países de la OCDE. Inmediatamente quedan claras varias cosas.
Primera, a diferencia de los Estados Unidos, los demás países de la OCDE
tuvieron, en general, proporciones positivas del salario social. Alemania y el
Reino Unido tuvieron las más altas, aunque en promedio sólo fueron de cerca
del 5 por ciento de PIB y de cerca del 8 por ciento de los salarios totales.
Segunda, Suecia, el paradigma del Estado de Bienestar, tuvo un salario social
neto promedio casi nulo durante el período de auge, y sólo llegó a ser
mayor que cero en respuesta al estancamiento del crecimiento.
Gráfico
4: Salario social neto total de los cinco países
El
tercer resultado es que entre 1960 y 1972, antes del retardo del crecimiento
de mediados de los años setenta, la proporción del salario social neto
osciló entre 0 y 2 por ciento en los Estados Unidos (gráfico 2), y entre el
2 por ciento y el 4 por ciento en los cinco países combinados (gráfico 4) [8].
Ambas proporciones aumentaron sustancialmente durante el período posterior al
estancamiento, pero éste fue un efecto del estancamiento. Puesto que el
déficit del gobierno también se elevó por las mismas razones, el aumento
del salario social neto se correlaciona con el aumento de los déficit del
gobierno. Esto da lugar entonces a la creencia errónea de que el aumento del
salario fue alimentado por el aumento del déficit del presupuesto, que luego
ocasionó el declive general del crecimiento.
3.
Los Estados Unidos y los cinco países de la OCDE considerados en conjunto
El
gráfico 5 representa la proporción del salario social estimada para el
conjunto de los países avanzados. Para calcularla, se asumió que la
proporción media del salario social neto de los cinco países de la OCDE
(Australia, Canadá, Alemania, Suecia y el Reino Unido) era una muestra
representativa de la europea. Luego se promedió con la proporción de los
Estados Unidos, usando las proporciones del PIB de Europa y Norteamérica
respectivas en la suma de su PIB, expresado en dólares de los Estados Unidos
(OCDE, 1991). Vemos que para todo el grupo, la proporción del salario social
neto es aproximadamente del 1 por
ciento para el período de auge. Ésta se eleva realmente, a cerca del 3 por
ciento, en el período de estancamiento que se inicia a comienzos de los
setenta. La comparación de los gráficos 3 y 5 aclara que el patrón promedio
es muy similar al de Suecia. El Estado de Bienestar sueco parece ser
paradigmático de más de una manera.
Gráfico
5: Proporción conjunta del salario social neto de EE. UU. y Europa
IV.
Resumen y conclusiones
Después
de que el gran auge de la postguerra en el mundo avanzado dio paso al
estancamiento y la inflación en los años setenta se convirtió en lugar
común de la izquierda y la derecha atribuir la desaparición del crecimiento
a la expansión excesiva del Estado. Se pretendió que el Estado de Bienestar
produjo déficit presupuestales para financiar sus gastos sociales, y que
estos déficit redujeron el crecimiento y desataron la inflación. Más a
menudo, estas pretensiones fueron respaldadas señalando que los gastos
sociales aumentaron como proporción del PIB.
Pero
la referencia a la proporción creciente de los gastos sociales es inadecuada
porque la proporción de los impuestos con respecto al PIB también se elevó
rápidamente. Y cuando se examina desde esta perspectiva, encontramos que las
tasas de prestaciones y de impuestos son estrechamente paralelas en los seis
países avanzados que aquí estudiamos (Australia,
Canadá, Alemania, Suecia, el Reino Unido y los Estados Unidos). La diferencia
entre las proporciones de prestaciones y de impuestos, la proporción del
salario social neto, es por lo general bastante pequeña.
En
los Estados Unidos, la proporción promedio del salario social neto es de
apenas 0.33 por ciento entre 1952 y 1997. Por tanto, durante todo el período
de la postguerra, los trabajadores de los Estados Unidos pagaron
sus prestaciones sociales. De hecho, en los años de auge del período
de la postguerra, entre 1950 y 1972, el salario social neto de los Estados
Unidos fue negativo, lo que significa que los receptores de sueldos y
salariados pagaron más en impuestos de lo que recibieron. En vez de frenar al
resto de la economía en este período, los trabajadores de los Estados Unidos
en realidad lo subsidiaron. La proporción del salario social neto se volvió
positiva sólo después de que aumentó el desempleo, a comienzos de los años
setenta, cuando terminó el auge. Pero esto obedeció a que el incremento del
número de desempleados y de pobres elevó los pagos de prestaciones, mientras
que la disminución de sus ingresos redujo
sus pagos de impuestos. Este efecto también aumentó el déficit del
gobierno. Por tanto, un salario social neto positivo llegó a asociarse con un
aumento del déficit del gobierno una vez comenzó el retardo del crecimiento,
lo que llevó a la errónea impresión de que la correlación observada entre
ambos era causal.
En
los otros cinco países de la OCDE que estudiamos, el salario social neto
promedio fue de aproximadamente el 3.5 por ciento del PIB durante el
prolongado auge. Aquí también el subsiguiente retardo del crecimiento elevó
la proporción del salario social neto a cerca del 5 por ciento, así como
aumentó el déficit del presupuesto.
Sin
embargo, en todos los casos estas correlaciones son una consecuencia del
retardo del crecimiento. Con un argumento de arrastre del déficit, se
tendría que demostrar por lo menos que los países con las proporciones
positivas más altas de salario social neto en el período anterior al auge
tienen después tasas de crecimiento más bajas, y que los países con
proporciones negativas de salario social neto tienen después tasas de
crecimiento más altas. Pero esa correlación no existe. Encontramos que las
proporciones del salario social neto varían considerablemente entre países
durante el auge prolongado, del 5.5 por ciento en el Reino Unido, al 4 por
ciento en Alemania, a cerca del 2.5 por ciento en Canadá y Australia, hasta
apenas el 0.4 por ciento en Suecia y el 1.2 por ciento en los Estados Unidos.
Sin embargo, todos estos países —incluso los Estados Unidos con su salario
social neto negativo— sufrieron un retardo sustancial del crecimiento
durante las dos décadas siguientes. El supuesto vínculo causal entre gastos
sociales y retardo del crecimiento simplemente no existe.
Notas
[1]
Los salarios reales corresponden a los ingresos anuales de los trabajadores
no agrícolas deflactados por el índice de precios al consumidor,
ambas series tomadas de ERP (1996), cuadros B42 y B56, respectivamente.
[2]
Los datos están en dólares de los Estados Unidos, metodología Atlas, de los
“Cuadros Mundiales”
del Banco Mundial.
[3]
Por ejemplo, Pampel y Williamson (1989) dan mucho énfasis a las exigencias de
gasto social de grupos de interés tales como la clase media (“ubicaciones
de clase contradictorias”), los grupos de ciertas características (género,
raza, etnia), y los ancianos (xiii-xiv), aunque rara vez mencionan los
impuestos. Terminan entonces dando la falsa impresión de que los gastos
sociales explican lo que llaman la “crisis” del Estado de Bienestar en los
años setenta y ochenta (28).
[4]
Esta pretensión es explícita en Bowles y Gintis (1982). Pero es criticada
por Shaikh y Tonak (1987, 1994, 2000), y Miller (1988, 1989).
[5]
Puesto que nos interesamos en su impacto sobre la economía en conjunto,
medimos las tasas prestaciones y de impuestos con respecto al PIB. Pero si nos
interesara su impacto sobre el nivel de vida de los trabajadores, deberíamos
ponderarlos con respecto al ingreso bruto del trabajo —es decir, con
respecto a la remuneración de los empleados, como se hace en Shaikh y Tonak
(1987).
[6]
En términos del ingreso bruto del trabajo, el salario social neto de los
Estados Unidos fue en promedio de apenas 0.60 por ciento entre 1952 y 1997
(Shaikh y Tonak, 2000: 252). Esta cifra no sólo es diminuta sino también
negativa (es decir, un impuesto neto al trabajo).
[7]
Fue necesario extrapolar las proporciones de prestaciones e impuestos para
algunos años iniciales y finales (Australia, 1960, 1984-1987; Canadá, 1987;
Alemania, 1987; Suecia, 1986-1987; Reino Unido, 1987).
[8]
La proporción conjunta se calculó convirtiendo todos los salarios sociales
netos de cada país y cada año en dólares de los Estados Unidos con la tasa
de cambio de cada año, sumándolos y luego dividiéndolos por el PIB total,
convertido a dólares, de los cinco países. Esto equivale a tomar el promedio
ponderado de las proporciones individuales del salario social neto, usando la
participación del PIB convertido de cada país en el total PIB convertido.
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